Psicólogo para adolescentes
Psicólogo para adolescentes: un lugar para entender lo que te pasa y sentirte escuchado. Psicólogas sanitarias, presencial u online. Escríbenos.

- ✓Psicólogas sanitarias colegiadas
- ✓Sesiones de 50 min · 65 €
- ✓Presencial u online
- ★★★★★5,0 en Google
¿Cuándo ir al psicólogo en la adolescencia?
Ir a un psicólogo para adolescentes puede ayudarte cuando las emociones te descolocan, hay tensión en casa o con tus amigos, o simplemente no te sientes bien contigo. Es un espacio tuyo para hablar con calma y entender lo que te pasa.
La adolescencia es una etapa de cambios intensos y de muchas primeras veces. Se mezclan las ganas de independencia con la necesidad de apoyo, y a veces sientes que estás «entre dos mundos».
Está bien no tenerlo todo claro. Crecer no va de hacerlo perfecto, sino de aprender poco a poco a estar bien contigo.
Señales de que algo no va bien
Un espacio propio para entender lo que pasa por dentro.
A veces las palabras no alcanzan y solo notas que algo pesa. Puede aparecer de muchas formas:
- Cambios de humor que no sabes explicar
- Tristeza, rabia o ansiedad difíciles de manejar
- Problemas para dormir, concentrarte o tener energía
- Ganas de aislarte o de que todo se pare un rato
- Incomodidad con tu cuerpo o con quién eres
No hace falta una gran razón para pedir ayuda. Querer entenderte mejor ya es motivo suficiente.
Motivos frecuentes de consulta en adolescentes
- 01Ansiedad o presión por los estudios
- 02Conflictos con la familia, los amigos o la pareja
- 03Autoestima baja o compararte todo el rato
- 04Una pérdida, una ruptura o un cambio grande
- 05Sentirte solo aunque estés acompañado
- 06Dificultad para expresar lo que sientes
Cuándo pedir ayuda
- Si lo que sientes dura semanas y no mejora.
- Si te cuesta seguir el ritmo de clase, amigos o casa.
- Si te encierras más y hablas menos con la gente.
- Si notas mucha presión por rendir o estar a la altura.
- Si te apetece hablar con alguien de fuera de tu entorno.
Terapia para adolescentes, presencial y online
En las sesiones hablamos de lo que a ti te importa, a tu ritmo y con respeto. Trabajamos desde un enfoque integrador, con herramientas cognitivo-conductuales para entender y manejar lo que sientes. Lo que cuentas se trata con confidencialidad y, si en algún momento conviene implicar a tu familia, lo hablamos antes contigo.
Las sesiones duran 50 minutos, en consulta presencial o por videollamada.
- Sesiones de 50 minutos
- Semanales al principio
- Presencial u online
- 65 € individual · 80 € pareja o familia
Cómo empezar
- 01
Escríbenos
Tú o tu familia podéis escribirnos por WhatsApp para resolver dudas y buscar un hueco.
- 02
Primera sesión
Nos conocemos con calma. Puedes contar lo que quieras y preguntar cómo funciona la terapia.
- 03
Objetivos a tu medida
Decidimos contigo qué quieres trabajar y cada cuánto venir, en el centro o por videollamada.
- 04
Avanzamos y revisamos
Cada cierto tiempo vemos cómo te sientes y ajustamos el proceso a lo que necesites.
Psicólogo para adolescentes
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¿Cuándo ir al psicólogo en la adolescencia?
Ir a un psicólogo para adolescentes puede ayudarte cuando las emociones te descolocan, hay tensión en casa o con tus amigos, o simplemente no te sientes bien contigo. Es un espacio tuyo para hablar con calma y entender lo que te pasa.
La adolescencia es una etapa de cambios intensos y de muchas primeras veces. Se mezclan las ganas de independencia con la necesidad de apoyo, y a veces sientes que estás «entre dos mundos».
Está bien no tenerlo todo claro. Crecer no va de hacerlo perfecto, sino de aprender poco a poco a estar bien contigo.
Señales de que algo no va bien
Un espacio propio para entender lo que pasa por dentro.
A veces las palabras no alcanzan y solo notas que algo pesa. Puede aparecer de muchas formas:
- Cambios de humor que no sabes explicar
- Tristeza, rabia o ansiedad difíciles de manejar
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- Ganas de aislarte o de que todo se pare un rato
- Incomodidad con tu cuerpo o con quién eres
No hace falta una gran razón para pedir ayuda. Querer entenderte mejor ya es motivo suficiente.
Motivos frecuentes de consulta en adolescentes
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Cuándo pedir ayuda
- Si lo que sientes dura semanas y no mejora.
- Si te cuesta seguir el ritmo de clase, amigos o casa.
- Si te encierras más y hablas menos con la gente.
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- Si te apetece hablar con alguien de fuera de tu entorno.
Terapia para adolescentes, presencial y online
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La adolescencia es una etapa de cambios intensos y de muchas primeras veces. Se mezclan las ganas de independencia con la necesidad de apoyo, y a veces sientes que estás «entre dos mundos».
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Señales de que algo no va bien
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A veces las palabras no alcanzan y solo notas que algo pesa. Puede aparecer de muchas formas:
- Cambios de humor que no sabes explicar
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Motivos frecuentes de consulta en adolescentes
- 01Ansiedad o presión por los estudios
- 02Conflictos con la familia, los amigos o la pareja
- 03Autoestima baja o compararte todo el rato
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Cuándo pedir ayuda
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Psicólogas sanitarias colegiadas con formación en terapia con adolescentes: emociones, autoestima, relaciones y cambios de etapa.
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Leire BasañezPsicóloga SanitariaNº col. P-03018Atiende en C/ Colón de Larreategui, 26Pedir cita con Leire
Irati ArtetxePsicóloga SanitariaNº col. BI06250Atiende en C/ Colón de Larreategui, 26Pedir cita con Irati¿No sabes con quién encajas?
Cuéntanos qué te pasa y te orientamos hacia la psicóloga cuyo enfoque mejor encaje contigo. Si en algún momento no conectas, buscamos otra opción sin que tengas que justificarte.
Descubre con quién encajas →
Leire BasañezPsicóloga SanitariaNº col. P-03018Atiende en C/ Colón de Larreategui, 26Pedir cita con Leire
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Descubre con quién encajas →Qué tratamos en la terapia para adolescentes
Preguntas frecuentes sobre el psicólogo para adolescentes
En Leizea, la sesión individual cuesta 65 € y dura 50 minutos. Si en algún momento se hacen sesiones con la familia, cuestan 80 €. La terapia online tiene el mismo precio que la presencial. Tú o tu familia podéis escribir por WhatsApp a la psicóloga para resolver dudas antes de empezar.
Algunas señales son cambios de humor que duran semanas, aislamiento, problemas de sueño, una bajada en los estudios o conflictos frecuentes en casa. No hace falta esperar a que sea grave: si notas que algo le pesa y no encuentra cómo expresarlo, consultar puede ayudaros a entender qué le pasa y cómo acompañarle.
El espacio de terapia es del adolescente, pero la familia también es importante. A veces conviene tener algún encuentro con los padres para compartir cómo va el proceso o dar pautas para casa. Siempre lo hacemos cuidando la confianza del adolescente y hablándolo antes con él o con ella.
Sí. Hacemos sesiones por videollamada con la misma duración y el mismo precio que las presenciales. Puede ser una opción cómoda para encajar las sesiones con los horarios de clase y las actividades. Solo hace falta un lugar tranquilo y con intimidad para poder hablar con libertad.
Depende de lo que le trae, de sus objetivos y de cómo se sienta en el proceso. Hay terapias centradas en algo concreto y otras que necesitan más tiempo. No fijamos una duración cerrada: la revisamos cada cierto tiempo con el adolescente y, cuando corresponde, con la familia.
Es normal que al principio haya resistencias o vergüenza. Ayuda explicarle que es un espacio suyo, donde nadie le va a juzgar, y que puede probar una primera sesión para ver qué tal. Forzar no suele funcionar; escuchar sus dudas y respetar su ritmo ayuda mucho más.
Lo que un adolescente cuenta en sesión es confidencial, y eso es lo que le permite hablar con libertad. A los padres les damos información general sobre cómo va el proceso y orientaciones para casa, pero no los detalles de lo que su hijo ha compartido. La excepción es una situación de riesgo para su salud o su vida: entonces informaremos a la familia, procurando que el adolescente lo sepa antes. Y como norma, no hablamos de él a sus espaldas: lo que se comente con los padres, él también lo sabrá.
Depende de la edad y de la situación, y lo hablamos al pedir la cita. A menudo una parte de la primera sesión es conjunta, para que todos escuchéis lo mismo y sepáis cómo vamos a trabajar, y otra parte es solo con el adolescente, para que tenga su propio espacio desde el principio. Lo importante es que tu hijo no sienta que se decide sobre él sin contar con él. Si tienes información delicada que compartir, dínoslo y buscaremos la forma adecuada de hacerlo.
Es muy habitual al principio, sobre todo si la idea de venir ha partido de la familia. La confianza de un adolescente no se gana haciéndose su amiga ni dándole siempre la razón, sino siendo coherente y transparente con él: explicarle qué se comparte y qué no, cumplir lo que se le dice y tratarle como alguien capaz de opinar sobre su propia terapia. Con el tiempo, la mayoría descubre que ese espacio es suyo. Como padres, lo que más ayuda es respetar esa intimidad.
Mejor no esperar. Faltar al instituto de forma repetida suele ser la señal visible de algo que le está costando mucho: ansiedad, problemas con los compañeros, un estado de ánimo bajo o dificultades con los estudios. Cuanto más tiempo pasa fuera del aula, más difícil se hace volver. Conviene hablar con el centro educativo y pedir una valoración psicológica. En terapia trabajamos tanto con el adolescente como con la familia para entender qué hay detrás y preparar una vuelta gradual y realista.
Ayuda más coincidir con él en tiempo y espacio, hablar poco y escuchar mucho que sentarse a interrogarle. Preguntas como «¿dónde?», «¿con quién?» o «¿a qué hora?» suenan a control y suelen cerrar la conversación. Funcionan mejor las abiertas, del tipo «cuéntame», «¿y qué tal fue?», y los momentos informales: el coche, una comida, una tarea compartida. Que hable menos con vosotros es normal en esta etapa, pero sigue necesitando a los adultos como referencia estable. La confianza se construye antes de que surjan los problemas.
Quitárselo de golpe rara vez resuelve el problema; suele funcionar mejor entender qué función cumple y pactar normas según su edad. A veces el móvil sirve para huir del aburrimiento o la frustración, y otras tapa ansiedad, tristeza, soledad o presión con los estudios. Si solo retiramos la pantalla, ese malestar sigue ahí. Ayuda revisar juntos el tiempo de uso, poner límites claros y razonados, dar ejemplo como adultos y abrir momentos sin pantallas que resulten agradables. Si el uso parece esconder sufrimiento, conviene consultar.
Cuanto antes y con naturalidad, porque si no lo hacéis vosotros, es probable que su principal fuente de información sea la pornografía. El porno muestra una sexualidad irreal: siempre hay ganas, no hace falta hablar, no hay límites y todos los cuerpos son iguales. Podéis elegir un momento tranquilo y en privado, explicarle por qué queréis hablarlo y tocar temas como el consentimiento, decir sí y decir no, el placer, el respeto, la anticoncepción y la intimidad. Se trata de ser una brújula, no un muro.
La diferencia no está tanto en lo que se ve desde fuera como en cuánto sufre y cuánto le limita. Un adolescente tímido necesita tiempo para coger confianza y prefiere observar antes de participar, pero acaba haciendo las cosas aunque le cuesten. En la ansiedad social el miedo al juicio de los demás es muy intenso: evita situaciones, le da vueltas durante horas a lo que dijo y eso afecta a sus estudios, sus amistades o su día a día. Si notas esto último, merece la pena consultar.
Lo primero es mantener la calma, no castigar y hacerle saber que estás a su lado. Revisa si las heridas necesitan atención médica y retira, sin dramatismo, los objetos con los que se hace daño. Escúchale antes de buscar soluciones: la autolesión suele ser una forma de aliviar un malestar muy intenso. Evita reproches o promesas forzadas. Pide cuanto antes una valoración profesional. Si expresa deseos de morir, ha perdido el control o la herida es grave, acude a urgencias o llama al 112; el 024 atiende la conducta suicida las 24 horas.
Sí, se puede empezar por vosotros. Es muy frecuente que sean los padres quienes detectan que algo va mal mientras el adolescente no lo ve o no quiere hablar de ello. Trabajar con la familia permite entender qué está pasando, revisar cómo estáis respondiendo en casa y probar otras formas de acercaros a él. A veces esos cambios ya mueven la situación, y otras abren la puerta a que más adelante quiera venir. Eso sí, el cambio será más limitado hasta que él encuentre un motivo propio.
Sí, en buena medida forma parte de crecer. En la adolescencia los chicos necesitan diferenciarse de sus padres para construir su propia identidad, y una manera de hacerlo es oponerse, cuestionar las normas de casa o parecerse más a sus amigos que a vosotros. Visto así, no va contra ti: es una señal de que está ganando autonomía. Lo importante es no entrar en una escalada de pulsos, mantener unos pocos límites claros y seguir disponible. Si los conflictos son constantes o hay agresividad, conviene pedir orientación.
Bastante, porque en la adolescencia se está formando la identidad y las redes ofrecen una medida constante de aprobación: likes, comentarios, seguidores. Si el valor personal empieza a depender de esas reacciones, la autoestima se vuelve frágil, aparece la comparación con imágenes retocadas y se invierte más en la fachada que en uno mismo. No se trata de demonizar las redes, sino de acompañar su uso, hablar de lo que ve con espíritu crítico y fomentar relaciones y actividades fuera de la pantalla donde se sienta valioso.
Sí. Cuando un hijo hace algo grave, los padres no solo se preocupan por él: también viven una especie de duelo por la imagen del hijo que creían conocer, con mezcla de miedo, rabia, culpa y tristeza. Es normal sentirse desbordado y no saber cómo mirarle ahora. Además de atender al adolescente, acompañamos a la familia para entender qué ha pasado, ordenar las emociones y decidir cómo actuar sin perder el vínculo. Si la situación implica riesgo para él o para otras personas, lo primero es la seguridad: en una emergencia, llama al 112.
Sí. Es muy frecuente que quien vivió una educación dura intente hacerlo justo al revés y acabe evitando cualquier límite por miedo a parecerse a sus padres. El problema es que repetir o invertir lo vivido mantiene la misma referencia: sigues educando en respuesta a tu infancia. Un adolescente necesita normas claras, explicadas con respeto, y también afecto. En terapia se trabaja qué quieres conservar y qué no de tu historia, y cómo poner límites desde el adulto que eres hoy, sin gritos y sin culpa.
No necesariamente, pero merece atención. Que consulte cosas a una inteligencia artificial no es grave en sí; lo importante es qué lugar ocupa en su vida. Estos programas tienden a darle la razón y nunca se cansan, y eso puede hacer que deje de buscar a personas reales, que a veces le llevarán la contraria pero también le conocen. Mejor interesarse que prohibir: pregúntale qué le cuenta, qué le responde y cómo se siente después. Si detectas aislamiento, tristeza mantenida o mensajes de riesgo, conviene pedir ayuda profesional.
Sí, conviene escucharla. La salud mental no siempre se ve desde fuera: muchos adolescentes sacan buenas notas, tienen amigos y sonríen mientras lo pasan mal por dentro. Que tu hija pida ayuda es una señal de confianza y de madurez, no un capricho. Puedes preguntarle con calma qué le gustaría hablar, sin presionarla para que te lo cuente todo. Una primera consulta permite valorar qué le pasa y, aunque fuera algo leve, le enseña que pedir ayuda está bien. Esperar a que se note suele ser llegar más tarde.
Lo primero es respirar y no actuar en caliente. Culparte o lanzar amenazas que no vas a cumplir suele cerrar la comunicación. Busca un momento tranquilo para hablar desde los hechos, como «he visto esto y me preocupa», escucha su versión y pregunta para qué le sirve. Acordad límites concretos en casa y valorad si es algo puntual o un hábito que se repite. Pedir orientación a un profesional ayuda a saber qué gravedad tiene y cómo actuar. Si hay deudas, consumo diario o cambios bruscos de conducta, no esperes.
Conviene estar atentos, sobre todo si la pérdida de peso es rápida o va acompañada de cambios en su forma de comer. Los elogios por adelgazar, aunque bien intencionados, pueden reforzar conductas de riesgo y transmitir que su valor depende del cuerpo. Mejor no comentar su peso y destacar otras cualidades. Fíjate en señales como saltarse comidas, evitar comer delante de otros, ejercicio excesivo, irritabilidad o preocupación constante por la figura. Si aparecen, consultad con pediatría o medicina de familia y con una psicóloga especializada en TCA.
Dónde te atendemos
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Qué tratamos en la terapia para adolescentes
Preguntas frecuentes sobre el psicólogo para adolescentes
En Leizea, la sesión individual cuesta 65 € y dura 50 minutos. Si en algún momento se hacen sesiones con la familia, cuestan 80 €. La terapia online tiene el mismo precio que la presencial. Tú o tu familia podéis escribir por WhatsApp a la psicóloga para resolver dudas antes de empezar.
Algunas señales son cambios de humor que duran semanas, aislamiento, problemas de sueño, una bajada en los estudios o conflictos frecuentes en casa. No hace falta esperar a que sea grave: si notas que algo le pesa y no encuentra cómo expresarlo, consultar puede ayudaros a entender qué le pasa y cómo acompañarle.
El espacio de terapia es del adolescente, pero la familia también es importante. A veces conviene tener algún encuentro con los padres para compartir cómo va el proceso o dar pautas para casa. Siempre lo hacemos cuidando la confianza del adolescente y hablándolo antes con él o con ella.
Sí. Hacemos sesiones por videollamada con la misma duración y el mismo precio que las presenciales. Puede ser una opción cómoda para encajar las sesiones con los horarios de clase y las actividades. Solo hace falta un lugar tranquilo y con intimidad para poder hablar con libertad.
Depende de lo que le trae, de sus objetivos y de cómo se sienta en el proceso. Hay terapias centradas en algo concreto y otras que necesitan más tiempo. No fijamos una duración cerrada: la revisamos cada cierto tiempo con el adolescente y, cuando corresponde, con la familia.
Es normal que al principio haya resistencias o vergüenza. Ayuda explicarle que es un espacio suyo, donde nadie le va a juzgar, y que puede probar una primera sesión para ver qué tal. Forzar no suele funcionar; escuchar sus dudas y respetar su ritmo ayuda mucho más.
Lo que un adolescente cuenta en sesión es confidencial, y eso es lo que le permite hablar con libertad. A los padres les damos información general sobre cómo va el proceso y orientaciones para casa, pero no los detalles de lo que su hijo ha compartido. La excepción es una situación de riesgo para su salud o su vida: entonces informaremos a la familia, procurando que el adolescente lo sepa antes. Y como norma, no hablamos de él a sus espaldas: lo que se comente con los padres, él también lo sabrá.
Depende de la edad y de la situación, y lo hablamos al pedir la cita. A menudo una parte de la primera sesión es conjunta, para que todos escuchéis lo mismo y sepáis cómo vamos a trabajar, y otra parte es solo con el adolescente, para que tenga su propio espacio desde el principio. Lo importante es que tu hijo no sienta que se decide sobre él sin contar con él. Si tienes información delicada que compartir, dínoslo y buscaremos la forma adecuada de hacerlo.
Es muy habitual al principio, sobre todo si la idea de venir ha partido de la familia. La confianza de un adolescente no se gana haciéndose su amiga ni dándole siempre la razón, sino siendo coherente y transparente con él: explicarle qué se comparte y qué no, cumplir lo que se le dice y tratarle como alguien capaz de opinar sobre su propia terapia. Con el tiempo, la mayoría descubre que ese espacio es suyo. Como padres, lo que más ayuda es respetar esa intimidad.
Mejor no esperar. Faltar al instituto de forma repetida suele ser la señal visible de algo que le está costando mucho: ansiedad, problemas con los compañeros, un estado de ánimo bajo o dificultades con los estudios. Cuanto más tiempo pasa fuera del aula, más difícil se hace volver. Conviene hablar con el centro educativo y pedir una valoración psicológica. En terapia trabajamos tanto con el adolescente como con la familia para entender qué hay detrás y preparar una vuelta gradual y realista.
Ayuda más coincidir con él en tiempo y espacio, hablar poco y escuchar mucho que sentarse a interrogarle. Preguntas como «¿dónde?», «¿con quién?» o «¿a qué hora?» suenan a control y suelen cerrar la conversación. Funcionan mejor las abiertas, del tipo «cuéntame», «¿y qué tal fue?», y los momentos informales: el coche, una comida, una tarea compartida. Que hable menos con vosotros es normal en esta etapa, pero sigue necesitando a los adultos como referencia estable. La confianza se construye antes de que surjan los problemas.
Quitárselo de golpe rara vez resuelve el problema; suele funcionar mejor entender qué función cumple y pactar normas según su edad. A veces el móvil sirve para huir del aburrimiento o la frustración, y otras tapa ansiedad, tristeza, soledad o presión con los estudios. Si solo retiramos la pantalla, ese malestar sigue ahí. Ayuda revisar juntos el tiempo de uso, poner límites claros y razonados, dar ejemplo como adultos y abrir momentos sin pantallas que resulten agradables. Si el uso parece esconder sufrimiento, conviene consultar.
Cuanto antes y con naturalidad, porque si no lo hacéis vosotros, es probable que su principal fuente de información sea la pornografía. El porno muestra una sexualidad irreal: siempre hay ganas, no hace falta hablar, no hay límites y todos los cuerpos son iguales. Podéis elegir un momento tranquilo y en privado, explicarle por qué queréis hablarlo y tocar temas como el consentimiento, decir sí y decir no, el placer, el respeto, la anticoncepción y la intimidad. Se trata de ser una brújula, no un muro.
La diferencia no está tanto en lo que se ve desde fuera como en cuánto sufre y cuánto le limita. Un adolescente tímido necesita tiempo para coger confianza y prefiere observar antes de participar, pero acaba haciendo las cosas aunque le cuesten. En la ansiedad social el miedo al juicio de los demás es muy intenso: evita situaciones, le da vueltas durante horas a lo que dijo y eso afecta a sus estudios, sus amistades o su día a día. Si notas esto último, merece la pena consultar.
Lo primero es mantener la calma, no castigar y hacerle saber que estás a su lado. Revisa si las heridas necesitan atención médica y retira, sin dramatismo, los objetos con los que se hace daño. Escúchale antes de buscar soluciones: la autolesión suele ser una forma de aliviar un malestar muy intenso. Evita reproches o promesas forzadas. Pide cuanto antes una valoración profesional. Si expresa deseos de morir, ha perdido el control o la herida es grave, acude a urgencias o llama al 112; el 024 atiende la conducta suicida las 24 horas.
Sí, se puede empezar por vosotros. Es muy frecuente que sean los padres quienes detectan que algo va mal mientras el adolescente no lo ve o no quiere hablar de ello. Trabajar con la familia permite entender qué está pasando, revisar cómo estáis respondiendo en casa y probar otras formas de acercaros a él. A veces esos cambios ya mueven la situación, y otras abren la puerta a que más adelante quiera venir. Eso sí, el cambio será más limitado hasta que él encuentre un motivo propio.
Sí, en buena medida forma parte de crecer. En la adolescencia los chicos necesitan diferenciarse de sus padres para construir su propia identidad, y una manera de hacerlo es oponerse, cuestionar las normas de casa o parecerse más a sus amigos que a vosotros. Visto así, no va contra ti: es una señal de que está ganando autonomía. Lo importante es no entrar en una escalada de pulsos, mantener unos pocos límites claros y seguir disponible. Si los conflictos son constantes o hay agresividad, conviene pedir orientación.
Bastante, porque en la adolescencia se está formando la identidad y las redes ofrecen una medida constante de aprobación: likes, comentarios, seguidores. Si el valor personal empieza a depender de esas reacciones, la autoestima se vuelve frágil, aparece la comparación con imágenes retocadas y se invierte más en la fachada que en uno mismo. No se trata de demonizar las redes, sino de acompañar su uso, hablar de lo que ve con espíritu crítico y fomentar relaciones y actividades fuera de la pantalla donde se sienta valioso.
Sí. Cuando un hijo hace algo grave, los padres no solo se preocupan por él: también viven una especie de duelo por la imagen del hijo que creían conocer, con mezcla de miedo, rabia, culpa y tristeza. Es normal sentirse desbordado y no saber cómo mirarle ahora. Además de atender al adolescente, acompañamos a la familia para entender qué ha pasado, ordenar las emociones y decidir cómo actuar sin perder el vínculo. Si la situación implica riesgo para él o para otras personas, lo primero es la seguridad: en una emergencia, llama al 112.
Sí. Es muy frecuente que quien vivió una educación dura intente hacerlo justo al revés y acabe evitando cualquier límite por miedo a parecerse a sus padres. El problema es que repetir o invertir lo vivido mantiene la misma referencia: sigues educando en respuesta a tu infancia. Un adolescente necesita normas claras, explicadas con respeto, y también afecto. En terapia se trabaja qué quieres conservar y qué no de tu historia, y cómo poner límites desde el adulto que eres hoy, sin gritos y sin culpa.
No necesariamente, pero merece atención. Que consulte cosas a una inteligencia artificial no es grave en sí; lo importante es qué lugar ocupa en su vida. Estos programas tienden a darle la razón y nunca se cansan, y eso puede hacer que deje de buscar a personas reales, que a veces le llevarán la contraria pero también le conocen. Mejor interesarse que prohibir: pregúntale qué le cuenta, qué le responde y cómo se siente después. Si detectas aislamiento, tristeza mantenida o mensajes de riesgo, conviene pedir ayuda profesional.
Sí, conviene escucharla. La salud mental no siempre se ve desde fuera: muchos adolescentes sacan buenas notas, tienen amigos y sonríen mientras lo pasan mal por dentro. Que tu hija pida ayuda es una señal de confianza y de madurez, no un capricho. Puedes preguntarle con calma qué le gustaría hablar, sin presionarla para que te lo cuente todo. Una primera consulta permite valorar qué le pasa y, aunque fuera algo leve, le enseña que pedir ayuda está bien. Esperar a que se note suele ser llegar más tarde.
Lo primero es respirar y no actuar en caliente. Culparte o lanzar amenazas que no vas a cumplir suele cerrar la comunicación. Busca un momento tranquilo para hablar desde los hechos, como «he visto esto y me preocupa», escucha su versión y pregunta para qué le sirve. Acordad límites concretos en casa y valorad si es algo puntual o un hábito que se repite. Pedir orientación a un profesional ayuda a saber qué gravedad tiene y cómo actuar. Si hay deudas, consumo diario o cambios bruscos de conducta, no esperes.
Conviene estar atentos, sobre todo si la pérdida de peso es rápida o va acompañada de cambios en su forma de comer. Los elogios por adelgazar, aunque bien intencionados, pueden reforzar conductas de riesgo y transmitir que su valor depende del cuerpo. Mejor no comentar su peso y destacar otras cualidades. Fíjate en señales como saltarse comidas, evitar comer delante de otros, ejercicio excesivo, irritabilidad o preocupación constante por la figura. Si aparecen, consultad con pediatría o medicina de familia y con una psicóloga especializada en TCA.
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En Leizea, la sesión individual cuesta 65 € y dura 50 minutos. Si en algún momento se hacen sesiones con la familia, cuestan 80 €. La terapia online tiene el mismo precio que la presencial. Tú o tu familia podéis escribir por WhatsApp a la psicóloga para resolver dudas antes de empezar.
Algunas señales son cambios de humor que duran semanas, aislamiento, problemas de sueño, una bajada en los estudios o conflictos frecuentes en casa. No hace falta esperar a que sea grave: si notas que algo le pesa y no encuentra cómo expresarlo, consultar puede ayudaros a entender qué le pasa y cómo acompañarle.
El espacio de terapia es del adolescente, pero la familia también es importante. A veces conviene tener algún encuentro con los padres para compartir cómo va el proceso o dar pautas para casa. Siempre lo hacemos cuidando la confianza del adolescente y hablándolo antes con él o con ella.
Sí. Hacemos sesiones por videollamada con la misma duración y el mismo precio que las presenciales. Puede ser una opción cómoda para encajar las sesiones con los horarios de clase y las actividades. Solo hace falta un lugar tranquilo y con intimidad para poder hablar con libertad.
Depende de lo que le trae, de sus objetivos y de cómo se sienta en el proceso. Hay terapias centradas en algo concreto y otras que necesitan más tiempo. No fijamos una duración cerrada: la revisamos cada cierto tiempo con el adolescente y, cuando corresponde, con la familia.
Es normal que al principio haya resistencias o vergüenza. Ayuda explicarle que es un espacio suyo, donde nadie le va a juzgar, y que puede probar una primera sesión para ver qué tal. Forzar no suele funcionar; escuchar sus dudas y respetar su ritmo ayuda mucho más.
Lo que un adolescente cuenta en sesión es confidencial, y eso es lo que le permite hablar con libertad. A los padres les damos información general sobre cómo va el proceso y orientaciones para casa, pero no los detalles de lo que su hijo ha compartido. La excepción es una situación de riesgo para su salud o su vida: entonces informaremos a la familia, procurando que el adolescente lo sepa antes. Y como norma, no hablamos de él a sus espaldas: lo que se comente con los padres, él también lo sabrá.
Depende de la edad y de la situación, y lo hablamos al pedir la cita. A menudo una parte de la primera sesión es conjunta, para que todos escuchéis lo mismo y sepáis cómo vamos a trabajar, y otra parte es solo con el adolescente, para que tenga su propio espacio desde el principio. Lo importante es que tu hijo no sienta que se decide sobre él sin contar con él. Si tienes información delicada que compartir, dínoslo y buscaremos la forma adecuada de hacerlo.
Es muy habitual al principio, sobre todo si la idea de venir ha partido de la familia. La confianza de un adolescente no se gana haciéndose su amiga ni dándole siempre la razón, sino siendo coherente y transparente con él: explicarle qué se comparte y qué no, cumplir lo que se le dice y tratarle como alguien capaz de opinar sobre su propia terapia. Con el tiempo, la mayoría descubre que ese espacio es suyo. Como padres, lo que más ayuda es respetar esa intimidad.
Mejor no esperar. Faltar al instituto de forma repetida suele ser la señal visible de algo que le está costando mucho: ansiedad, problemas con los compañeros, un estado de ánimo bajo o dificultades con los estudios. Cuanto más tiempo pasa fuera del aula, más difícil se hace volver. Conviene hablar con el centro educativo y pedir una valoración psicológica. En terapia trabajamos tanto con el adolescente como con la familia para entender qué hay detrás y preparar una vuelta gradual y realista.
Ayuda más coincidir con él en tiempo y espacio, hablar poco y escuchar mucho que sentarse a interrogarle. Preguntas como «¿dónde?», «¿con quién?» o «¿a qué hora?» suenan a control y suelen cerrar la conversación. Funcionan mejor las abiertas, del tipo «cuéntame», «¿y qué tal fue?», y los momentos informales: el coche, una comida, una tarea compartida. Que hable menos con vosotros es normal en esta etapa, pero sigue necesitando a los adultos como referencia estable. La confianza se construye antes de que surjan los problemas.
Quitárselo de golpe rara vez resuelve el problema; suele funcionar mejor entender qué función cumple y pactar normas según su edad. A veces el móvil sirve para huir del aburrimiento o la frustración, y otras tapa ansiedad, tristeza, soledad o presión con los estudios. Si solo retiramos la pantalla, ese malestar sigue ahí. Ayuda revisar juntos el tiempo de uso, poner límites claros y razonados, dar ejemplo como adultos y abrir momentos sin pantallas que resulten agradables. Si el uso parece esconder sufrimiento, conviene consultar.
Cuanto antes y con naturalidad, porque si no lo hacéis vosotros, es probable que su principal fuente de información sea la pornografía. El porno muestra una sexualidad irreal: siempre hay ganas, no hace falta hablar, no hay límites y todos los cuerpos son iguales. Podéis elegir un momento tranquilo y en privado, explicarle por qué queréis hablarlo y tocar temas como el consentimiento, decir sí y decir no, el placer, el respeto, la anticoncepción y la intimidad. Se trata de ser una brújula, no un muro.
La diferencia no está tanto en lo que se ve desde fuera como en cuánto sufre y cuánto le limita. Un adolescente tímido necesita tiempo para coger confianza y prefiere observar antes de participar, pero acaba haciendo las cosas aunque le cuesten. En la ansiedad social el miedo al juicio de los demás es muy intenso: evita situaciones, le da vueltas durante horas a lo que dijo y eso afecta a sus estudios, sus amistades o su día a día. Si notas esto último, merece la pena consultar.
Lo primero es mantener la calma, no castigar y hacerle saber que estás a su lado. Revisa si las heridas necesitan atención médica y retira, sin dramatismo, los objetos con los que se hace daño. Escúchale antes de buscar soluciones: la autolesión suele ser una forma de aliviar un malestar muy intenso. Evita reproches o promesas forzadas. Pide cuanto antes una valoración profesional. Si expresa deseos de morir, ha perdido el control o la herida es grave, acude a urgencias o llama al 112; el 024 atiende la conducta suicida las 24 horas.
Sí, se puede empezar por vosotros. Es muy frecuente que sean los padres quienes detectan que algo va mal mientras el adolescente no lo ve o no quiere hablar de ello. Trabajar con la familia permite entender qué está pasando, revisar cómo estáis respondiendo en casa y probar otras formas de acercaros a él. A veces esos cambios ya mueven la situación, y otras abren la puerta a que más adelante quiera venir. Eso sí, el cambio será más limitado hasta que él encuentre un motivo propio.
Sí, en buena medida forma parte de crecer. En la adolescencia los chicos necesitan diferenciarse de sus padres para construir su propia identidad, y una manera de hacerlo es oponerse, cuestionar las normas de casa o parecerse más a sus amigos que a vosotros. Visto así, no va contra ti: es una señal de que está ganando autonomía. Lo importante es no entrar en una escalada de pulsos, mantener unos pocos límites claros y seguir disponible. Si los conflictos son constantes o hay agresividad, conviene pedir orientación.
Bastante, porque en la adolescencia se está formando la identidad y las redes ofrecen una medida constante de aprobación: likes, comentarios, seguidores. Si el valor personal empieza a depender de esas reacciones, la autoestima se vuelve frágil, aparece la comparación con imágenes retocadas y se invierte más en la fachada que en uno mismo. No se trata de demonizar las redes, sino de acompañar su uso, hablar de lo que ve con espíritu crítico y fomentar relaciones y actividades fuera de la pantalla donde se sienta valioso.
Sí. Cuando un hijo hace algo grave, los padres no solo se preocupan por él: también viven una especie de duelo por la imagen del hijo que creían conocer, con mezcla de miedo, rabia, culpa y tristeza. Es normal sentirse desbordado y no saber cómo mirarle ahora. Además de atender al adolescente, acompañamos a la familia para entender qué ha pasado, ordenar las emociones y decidir cómo actuar sin perder el vínculo. Si la situación implica riesgo para él o para otras personas, lo primero es la seguridad: en una emergencia, llama al 112.
Sí. Es muy frecuente que quien vivió una educación dura intente hacerlo justo al revés y acabe evitando cualquier límite por miedo a parecerse a sus padres. El problema es que repetir o invertir lo vivido mantiene la misma referencia: sigues educando en respuesta a tu infancia. Un adolescente necesita normas claras, explicadas con respeto, y también afecto. En terapia se trabaja qué quieres conservar y qué no de tu historia, y cómo poner límites desde el adulto que eres hoy, sin gritos y sin culpa.
No necesariamente, pero merece atención. Que consulte cosas a una inteligencia artificial no es grave en sí; lo importante es qué lugar ocupa en su vida. Estos programas tienden a darle la razón y nunca se cansan, y eso puede hacer que deje de buscar a personas reales, que a veces le llevarán la contraria pero también le conocen. Mejor interesarse que prohibir: pregúntale qué le cuenta, qué le responde y cómo se siente después. Si detectas aislamiento, tristeza mantenida o mensajes de riesgo, conviene pedir ayuda profesional.
Sí, conviene escucharla. La salud mental no siempre se ve desde fuera: muchos adolescentes sacan buenas notas, tienen amigos y sonríen mientras lo pasan mal por dentro. Que tu hija pida ayuda es una señal de confianza y de madurez, no un capricho. Puedes preguntarle con calma qué le gustaría hablar, sin presionarla para que te lo cuente todo. Una primera consulta permite valorar qué le pasa y, aunque fuera algo leve, le enseña que pedir ayuda está bien. Esperar a que se note suele ser llegar más tarde.
Lo primero es respirar y no actuar en caliente. Culparte o lanzar amenazas que no vas a cumplir suele cerrar la comunicación. Busca un momento tranquilo para hablar desde los hechos, como «he visto esto y me preocupa», escucha su versión y pregunta para qué le sirve. Acordad límites concretos en casa y valorad si es algo puntual o un hábito que se repite. Pedir orientación a un profesional ayuda a saber qué gravedad tiene y cómo actuar. Si hay deudas, consumo diario o cambios bruscos de conducta, no esperes.
Conviene estar atentos, sobre todo si la pérdida de peso es rápida o va acompañada de cambios en su forma de comer. Los elogios por adelgazar, aunque bien intencionados, pueden reforzar conductas de riesgo y transmitir que su valor depende del cuerpo. Mejor no comentar su peso y destacar otras cualidades. Fíjate en señales como saltarse comidas, evitar comer delante de otros, ejercicio excesivo, irritabilidad o preocupación constante por la figura. Si aparecen, consultad con pediatría o medicina de familia y con una psicóloga especializada en TCA.
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