Psicólogo infantil

Psicólogo infantil: acompañamos a niños y familias a través del juego para entender qué les pasa. Presencial y apoyo online. Escríbenos.

Psicólogo infantil: terapia psicológica presencial y online
  • Psicólogas sanitarias colegiadas
  • Sesiones de 50 min · 65 €
  • Presencial u online
  • 5,0 en Google

¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo infantil?

Un psicólogo infantil puede ayudar cuando un niño muestra miedos, rabietas intensas, tristeza o cambios que no sabe explicar con palabras. A través del juego entendemos qué le pasa y qué necesita, y acompañamos también a la familia.

A veces las señales son evidentes; otras, más sutiles: bajo rendimiento escolar, aislamiento o un malestar general difícil de describir.

Lo importante no es poner una etiqueta, sino entender qué le ocurre, por qué y qué necesita en este momento de su desarrollo.

El juego es su lenguaje

Los niños no siempre lo dicen con palabras.

Los niños no siempre saben poner palabras a lo que sienten, pero lo expresan al jugar, al comportarse o al relacionarse. Por eso nuestro primer objetivo es que se sientan a gusto y seguros.

Según su edad y su carácter, usamos el juego simbólico, los cuentos o el dibujo, y también técnicas cognitivas y emocionales para que aprenda a entender y manejar lo que siente.

Más que «corregir» comportamientos, le acompañamos a comprender lo que hay detrás y a sentirse más tranquilo, seguro y capaz.

Señales que pueden preocupar

  1. 01Rabietas intensas o mucha frustración
  2. 02Miedos que le limitan en el día a día
  3. 03Tristeza, irritabilidad o ansiedad ante los cambios
  4. 04Problemas para dormir o para comer
  5. 05Dificultades en el colegio o con otros niños
  6. 06Aislamiento o bajada del rendimiento escolar

Cuándo consultar con un psicólogo infantil

  • Si las señales se mantienen durante semanas.
  • Si afectan a su vida diaria: colegio, sueño o juego.
  • Si ha vivido un cambio difícil: separación, mudanza o pérdida.
  • Si sospecháis acoso escolar o ciberacoso.
  • Si como familia no sabéis cómo ayudarle y necesitáis pautas.
Pide cita →

Terapia infantil: cómo trabajamos

Adaptamos la terapia a la edad, el carácter y el momento vital de cada niño. La familia es parte del proceso: a veces dedicamos los últimos minutos de la sesión a comentar lo importante con los padres, y otras programamos encuentros específicos para compartir avances y pautas para casa.

Las sesiones duran 50 minutos y se hacen de forma presencial en nuestro centro.

  • Sesiones de 50 minutos
  • Semanales al principio
  • Presencial u online
  • 65 € individual · 80 € pareja o familia

Cómo empezar la terapia infantil

  1. 01

    Escríbenos

    Cuéntanos por WhatsApp qué os preocupa y buscamos un hueco. Te respondemos enseguida.

  2. 02

    Primera sesión

    Nos contáis qué ocurre y desde cuándo, y conocemos al niño con calma para entender bien la situación.

  3. 03

    Sesiones con el niño

    Trabajamos con él a través del juego, los cuentos o el dibujo, a su ritmo y según su edad.

  4. 04

    Encuentros con la familia

    Compartimos avances, resolvemos dudas y proponemos pautas que podáis seguir en casa.

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¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo infantil?

Un psicólogo infantil puede ayudar cuando un niño muestra miedos, rabietas intensas, tristeza o cambios que no sabe explicar con palabras. A través del juego entendemos qué le pasa y qué necesita, y acompañamos también a la familia.

A veces las señales son evidentes; otras, más sutiles: bajo rendimiento escolar, aislamiento o un malestar general difícil de describir.

Lo importante no es poner una etiqueta, sino entender qué le ocurre, por qué y qué necesita en este momento de su desarrollo.

El juego es su lenguaje

Los niños no siempre lo dicen con palabras.

Los niños no siempre saben poner palabras a lo que sienten, pero lo expresan al jugar, al comportarse o al relacionarse. Por eso nuestro primer objetivo es que se sientan a gusto y seguros.

Según su edad y su carácter, usamos el juego simbólico, los cuentos o el dibujo, y también técnicas cognitivas y emocionales para que aprenda a entender y manejar lo que siente.

Más que «corregir» comportamientos, le acompañamos a comprender lo que hay detrás y a sentirse más tranquilo, seguro y capaz.

Señales que pueden preocupar

  1. 01Rabietas intensas o mucha frustración
  2. 02Miedos que le limitan en el día a día
  3. 03Tristeza, irritabilidad o ansiedad ante los cambios
  4. 04Problemas para dormir o para comer
  5. 05Dificultades en el colegio o con otros niños
  6. 06Aislamiento o bajada del rendimiento escolar

Cuándo consultar con un psicólogo infantil

  • Si las señales se mantienen durante semanas.
  • Si afectan a su vida diaria: colegio, sueño o juego.
  • Si ha vivido un cambio difícil: separación, mudanza o pérdida.
  • Si sospecháis acoso escolar o ciberacoso.
  • Si como familia no sabéis cómo ayudarle y necesitáis pautas.
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Terapia infantil: cómo trabajamos

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Las sesiones duran 50 minutos y se hacen de forma presencial en nuestro centro.

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  2. 02

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    Nos contáis qué ocurre y desde cuándo, y conocemos al niño con calma para entender bien la situación.

  3. 03

    Sesiones con el niño

    Trabajamos con él a través del juego, los cuentos o el dibujo, a su ritmo y según su edad.

  4. 04

    Encuentros con la familia

    Compartimos avances, resolvemos dudas y proponemos pautas que podáis seguir en casa.

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  • Presencial u online
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¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo infantil?

Un psicólogo infantil puede ayudar cuando un niño muestra miedos, rabietas intensas, tristeza o cambios que no sabe explicar con palabras. A través del juego entendemos qué le pasa y qué necesita, y acompañamos también a la familia.

A veces las señales son evidentes; otras, más sutiles: bajo rendimiento escolar, aislamiento o un malestar general difícil de describir.

Lo importante no es poner una etiqueta, sino entender qué le ocurre, por qué y qué necesita en este momento de su desarrollo.

El juego es su lenguaje

Los niños no siempre lo dicen con palabras.

Los niños no siempre saben poner palabras a lo que sienten, pero lo expresan al jugar, al comportarse o al relacionarse. Por eso nuestro primer objetivo es que se sientan a gusto y seguros.

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Más que «corregir» comportamientos, le acompañamos a comprender lo que hay detrás y a sentirse más tranquilo, seguro y capaz.

Señales que pueden preocupar

  1. 01Rabietas intensas o mucha frustración
  2. 02Miedos que le limitan en el día a día
  3. 03Tristeza, irritabilidad o ansiedad ante los cambios
  4. 04Problemas para dormir o para comer
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Psicólogas sanitarias colegiadas con formación en terapia infantil y juvenil, regulación emocional y acompañamiento a familias.

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¿No sabes con quién encajas?

Cuéntanos qué te pasa y te orientamos hacia la psicóloga cuyo enfoque mejor encaje contigo. Si en algún momento no conectas, buscamos otra opción sin que tengas que justificarte.

Descubre con quién encajas →

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Qué tratamos en la terapia infantil

AnsiedadMiedos y fobiasRabietas y frustraciónHábitos y rutinasAcoso escolar y ciberacosoProblemas de sueñoAutoestimaHabilidades socialesDificultades en el colegioTOCY más…

Preguntas frecuentes sobre el psicólogo infantil

¿Tienes otra duda?Escríbenos por WhatsApp y te respondemos enseguida, sin compromiso.Ver psicólogas ↑

En Leizea, la sesión de terapia infantil cuesta 65 € y dura 50 minutos. Las sesiones de familia cuestan 80 €. Si alguna sesión se hace online, el precio es el mismo. Puedes escribir por WhatsApp a la psicóloga para contarle la situación y resolver dudas antes de empezar.

Conviene consultar si notas cambios que se mantienen en el tiempo: miedos que le limitan, rabietas muy intensas, tristeza, problemas de sueño o dificultades en el colegio. También si ha vivido un cambio difícil. No hace falta que sea grave: entender a tiempo qué le pasa ayuda a acompañarle mejor.

Con niños solemos preferir las sesiones presenciales, porque el juego y el contacto en consulta son una parte importante del trabajo. Aun así, algunos encuentros con la familia o el seguimiento pueden hacerse por videollamada, con el mismo precio. Lo valoramos en cada caso según la edad del niño y lo que necesite.

Depende de cada niño, de lo que le ocurre y de su ritmo. Algunas dificultades se abordan en menos tiempo y otras necesitan más acompañamiento. No damos una cifra cerrada: revisamos con la familia cómo avanza el proceso y ajustamos la frecuencia de las sesiones según lo que necesite.

Depende del momento y de la edad. La sesión suele ser con el niño, para que tenga su propio espacio, y a veces dedicamos los últimos minutos a comentar lo importante con vosotros. Además, programamos encuentros específicos con la familia para compartir avances y proponer pautas para casa.

Con palabras sencillas y sin dramatizar. Puedes decirle que va a ir a un sitio donde se juega, se habla y alguien le ayuda con lo que le preocupa o le hace sentir mal. Evita presentarlo como un castigo. Si lo necesitas, la psicóloga puede orientarte antes de la primera sesión.

Lo primero es creerle y dejarle claro que lo que le pasa no es culpa suya. Escúchale sin interrogarle, agradécele que te lo haya contado y evita reacciones que le hagan arrepentirse de hablar. Después, informa al colegio por escrito para que active su protocolo y mantén el contacto con su tutor o tutora. Si notas cambios en su sueño, su apetito o su ánimo, o no quiere ir a clase, una psicóloga infantil puede ayudarle a recuperar la seguridad. La Fundación ANAR (900 20 20 10) también atiende a familias.

Es una noticia dura para cualquier familia, pero conviene tomarla en serio y no negarla. Un niño que acosa también necesita ayuda: a menudo hay detrás dificultades para manejar la rabia, inseguridad, necesidad de sentirse aceptado o situaciones que le están afectando. Poner límites claros y reparar el daño es imprescindible, igual que entender qué le está pasando. En terapia trabajamos con el niño y con la familia para que aprenda otras formas de relacionarse, en coordinación con el colegio y priorizando siempre la protección de quien sufre el acoso.

Porque el juego es el lenguaje natural de los niños y una herramienta de trabajo muy potente. Mientras juegan, expresan lo que les preocupa, ensayan otras formas de resolver problemas y practican cosas como esperar su turno, tolerar la frustración o saber perder. Además, jugar, reírse y equivocarse junto a la psicóloga crea un vínculo de confianza en el que el niño puede bajar la guardia y mostrarse tal como es. Aunque desde fuera parezca solo un rato divertido, cada juego tiene un objetivo terapéutico.

Sí, es bastante habitual. Volver a los horarios y obligaciones después de un periodo libre exige una adaptación, y algunos niños la expresan con irritabilidad, tristeza, desgana o más rabietas durante unos días. Ayuda ir ajustando los horarios antes de empezar, mantener algunas rutinas en vacaciones, preparar el material juntos de forma agradable y que las despedidas y recogidas sean tranquilas. Si el malestar dura semanas, aparecen dolores de tripa o de cabeza antes de clase o se niega a ir, conviene consultar.

El castigo puede frenar una conducta en el momento, pero por sí solo enseña poco y a menudo genera distancia con el adulto. El niño aprende qué no debe hacer, pero no qué puede hacer en su lugar. Funciona mucho mejor enseñarle una alternativa concreta, reforzarla cuando la consigue y mantener límites claros, explicados con calma y aplicados con coherencia por todos los adultos. Si en algún momento hay una consecuencia, mejor que sea breve, inmediata, proporcionada y sin gritos ni humillaciones.

Porque, a menudo sin que nos demos cuenta, las rabietas le sirven para algo: conseguir lo que quiere, librarse de una tarea o captar nuestra atención. Si alguna vez han funcionado, el niño aprende que merece la pena intentarlo de nuevo, y con más fuerza. Para que disminuyan conviene que los adultos respondáis de forma parecida y constante, sin ceder en mitad del enfado, y que le enseñéis otras formas de pedir o de expresar que algo le molesta. Al principio suelen aumentar antes de ir a menos.

Bien utilizados, los premios ayudan a que un niño aprenda una conducta nueva. Lo más eficaz suele ser lo más sencillo: una alabanza concreta («qué bien has recogido los juguetes tú solo») o un rato especial juntos funcionan mejor que regalos materiales, que se agotan pronto. Conviene usarlos para objetivos claros y alcanzables y retirarlos poco a poco cuando la conducta ya está consolidada, para que aprenda que hay responsabilidades que se cumplen sin recompensa. El problema aparece cuando todo se negocia a cambio de algo.

La mayoría de los miedos infantiles son evolutivos y aparecen y desaparecen con la edad. Los bebés temen a los extraños y separarse de sus padres; entre los 3 y los 8 años son típicos la oscuridad, los animales, los monstruos o las tormentas; más adelante preocupan los exámenes, la salud, la muerte o el aspecto físico. Aunque lo que teme no sea real, su miedo sí lo es: escúchale sin burlarte. Conviene consultar si el miedo es muy intenso, dura mucho o le impide hacer cosas propias de su edad.

Con palabras claras y sencillas, como «ha muerto», explicando que es definitivo y que no va a volver. Expresiones como «se ha dormido» o «se ha ido de viaje» pueden confundirle o darle miedo a dormir o a viajar. Asegúrate de que no se siente culpable y deja espacio a sus preguntas. Sobre el funeral, puede asistir si quiere, explicándole antes qué verá y con un adulto de confianza que pueda salir con él si lo necesita; no conviene obligarle ni dejarle fuera de golpe.

Aunque se dice con la mejor intención, es preferible no hacerlo. Si un niño se ha hecho daño o está triste y le decimos que no es nada, recibe un mensaje confuso: o el adulto no se entera de lo que le pasa, o lo que él siente no es válido. Funciona mejor reconocer lo que vive («te has dado un buen golpe, duele, ¿verdad?»), acompañarle un momento y después ayudarle a seguir. Validar no es exagerar ni sobreproteger: es enseñarle que puede fiarse de lo que siente.

Por lo general, conviene no darse prisa. Para muchos niños, la mascota es su primer gran vínculo, y su muerte es también su primera experiencia de pérdida. Sustituirla enseguida puede transmitir que lo que se pierde se reemplaza y no deja espacio para despedirse. Es mejor explicarle con palabras sencillas lo que ha pasado, permitirle estar triste, contestar a sus preguntas y quizá hacer algún pequeño ritual, como un dibujo o recordar momentos juntos. Más adelante, cuando la familia esté preparada, una nueva mascota puede llegar sin ocupar el lugar de la anterior.

Con tiempo, con palabras sencillas y apoyándote sobre todo en lo que no va a cambiar. Los adultos solemos hablar de lo nuevo, la casa, el cole o los amigos que hará, pero para un niño da más seguridad saber qué sigue igual: su familia, sus rutinas, sus juguetes, la hora del cuento o las visitas a los abuelos. Déjale preguntar, expresar enfado o pena y, si es posible, que participe en algo, como elegir cómo decorar su cuarto. Es normal que haya algún retroceso pasajero los primeros días.

Ayudar en casa y cuidar de los hermanos es sano y le enseña responsabilidad. Se convierte en un problema cuando el cuidado pasa a ser una carga: cuando se espera que dé ejemplo siempre, que resuelva conflictos o que atienda a los pequeños como lo haría un adulto, a costa de su propio juego y de sus amistades. Algunos niños asumen ese papel para aliviar a sus padres y dejan de pedir lo que necesitan. Conviene revisar el reparto, reconocer su ayuda sin depender de ella y asegurarle tiempo para ser niño.

Sí, a la larga no le ayuda. Querer ahorrarle cualquier malestar nace del cariño, pero la frustración, en dosis adecuadas para su edad, es lo que le enseña a esperar, a tolerar un «no» y a buscar soluciones. Si siempre se le quitan las piedras del camino, se encontrará con ellas más tarde y con menos recursos. Esto no significa dejarle solo con el enfado: puedes acompañarle, poner nombre a lo que siente y mantener el límite con calma. Criar es sostenerle mientras aprende a tropezar, no evitar que tropiece.

Merece la pena escucharle y tomárselo en serio. Muchos niños, al crecer, empiezan a sentir que su imagen es suya y que no siempre quieren ser mostrados. A veces lo que piden es una mirada que les acompañe en el momento, no una cámara que les exponga ante otros. Respetarlo le enseña que su cuerpo y su intimidad importan, algo muy valioso para el futuro. Podéis hablarlo y acordar qué fotos se hacen, cuáles se guardan en familia y cuáles, si alguna, se comparten y con quién.

Ni confirmarlo ni negarlo con alarma: lo más útil es preguntar con curiosidad qué ha pasado y de dónde viene esa idea. A veces es un comentario en el colegio, algo visto en redes o una conversación de adultos sobre dietas. Revisad también cómo se habla de cuerpos en casa: evitar comentarios sobre el peso, propio o ajeno, protege mucho. Ayuda centrarse en lo que su cuerpo le permite hacer y en sus cualidades. Si la preocupación persiste o cambia su forma de comer, consultad con pediatría y con una psicóloga infantil.

Revisado por el equipo clínico de LeizeaPsicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789Última revisión: octubre de 2026Conoce al equipo →

Qué tratamos en la terapia infantil

AnsiedadMiedos y fobiasRabietas y frustraciónHábitos y rutinasAcoso escolar y ciberacosoProblemas de sueñoAutoestimaHabilidades socialesDificultades en el colegioTOCY más…

Preguntas frecuentes sobre el psicólogo infantil

En Leizea, la sesión de terapia infantil cuesta 65 € y dura 50 minutos. Las sesiones de familia cuestan 80 €. Si alguna sesión se hace online, el precio es el mismo. Puedes escribir por WhatsApp a la psicóloga para contarle la situación y resolver dudas antes de empezar.

Conviene consultar si notas cambios que se mantienen en el tiempo: miedos que le limitan, rabietas muy intensas, tristeza, problemas de sueño o dificultades en el colegio. También si ha vivido un cambio difícil. No hace falta que sea grave: entender a tiempo qué le pasa ayuda a acompañarle mejor.

Con niños solemos preferir las sesiones presenciales, porque el juego y el contacto en consulta son una parte importante del trabajo. Aun así, algunos encuentros con la familia o el seguimiento pueden hacerse por videollamada, con el mismo precio. Lo valoramos en cada caso según la edad del niño y lo que necesite.

Depende de cada niño, de lo que le ocurre y de su ritmo. Algunas dificultades se abordan en menos tiempo y otras necesitan más acompañamiento. No damos una cifra cerrada: revisamos con la familia cómo avanza el proceso y ajustamos la frecuencia de las sesiones según lo que necesite.

Depende del momento y de la edad. La sesión suele ser con el niño, para que tenga su propio espacio, y a veces dedicamos los últimos minutos a comentar lo importante con vosotros. Además, programamos encuentros específicos con la familia para compartir avances y proponer pautas para casa.

Con palabras sencillas y sin dramatizar. Puedes decirle que va a ir a un sitio donde se juega, se habla y alguien le ayuda con lo que le preocupa o le hace sentir mal. Evita presentarlo como un castigo. Si lo necesitas, la psicóloga puede orientarte antes de la primera sesión.

Lo primero es creerle y dejarle claro que lo que le pasa no es culpa suya. Escúchale sin interrogarle, agradécele que te lo haya contado y evita reacciones que le hagan arrepentirse de hablar. Después, informa al colegio por escrito para que active su protocolo y mantén el contacto con su tutor o tutora. Si notas cambios en su sueño, su apetito o su ánimo, o no quiere ir a clase, una psicóloga infantil puede ayudarle a recuperar la seguridad. La Fundación ANAR (900 20 20 10) también atiende a familias.

Es una noticia dura para cualquier familia, pero conviene tomarla en serio y no negarla. Un niño que acosa también necesita ayuda: a menudo hay detrás dificultades para manejar la rabia, inseguridad, necesidad de sentirse aceptado o situaciones que le están afectando. Poner límites claros y reparar el daño es imprescindible, igual que entender qué le está pasando. En terapia trabajamos con el niño y con la familia para que aprenda otras formas de relacionarse, en coordinación con el colegio y priorizando siempre la protección de quien sufre el acoso.

Porque el juego es el lenguaje natural de los niños y una herramienta de trabajo muy potente. Mientras juegan, expresan lo que les preocupa, ensayan otras formas de resolver problemas y practican cosas como esperar su turno, tolerar la frustración o saber perder. Además, jugar, reírse y equivocarse junto a la psicóloga crea un vínculo de confianza en el que el niño puede bajar la guardia y mostrarse tal como es. Aunque desde fuera parezca solo un rato divertido, cada juego tiene un objetivo terapéutico.

Sí, es bastante habitual. Volver a los horarios y obligaciones después de un periodo libre exige una adaptación, y algunos niños la expresan con irritabilidad, tristeza, desgana o más rabietas durante unos días. Ayuda ir ajustando los horarios antes de empezar, mantener algunas rutinas en vacaciones, preparar el material juntos de forma agradable y que las despedidas y recogidas sean tranquilas. Si el malestar dura semanas, aparecen dolores de tripa o de cabeza antes de clase o se niega a ir, conviene consultar.

El castigo puede frenar una conducta en el momento, pero por sí solo enseña poco y a menudo genera distancia con el adulto. El niño aprende qué no debe hacer, pero no qué puede hacer en su lugar. Funciona mucho mejor enseñarle una alternativa concreta, reforzarla cuando la consigue y mantener límites claros, explicados con calma y aplicados con coherencia por todos los adultos. Si en algún momento hay una consecuencia, mejor que sea breve, inmediata, proporcionada y sin gritos ni humillaciones.

Porque, a menudo sin que nos demos cuenta, las rabietas le sirven para algo: conseguir lo que quiere, librarse de una tarea o captar nuestra atención. Si alguna vez han funcionado, el niño aprende que merece la pena intentarlo de nuevo, y con más fuerza. Para que disminuyan conviene que los adultos respondáis de forma parecida y constante, sin ceder en mitad del enfado, y que le enseñéis otras formas de pedir o de expresar que algo le molesta. Al principio suelen aumentar antes de ir a menos.

Bien utilizados, los premios ayudan a que un niño aprenda una conducta nueva. Lo más eficaz suele ser lo más sencillo: una alabanza concreta («qué bien has recogido los juguetes tú solo») o un rato especial juntos funcionan mejor que regalos materiales, que se agotan pronto. Conviene usarlos para objetivos claros y alcanzables y retirarlos poco a poco cuando la conducta ya está consolidada, para que aprenda que hay responsabilidades que se cumplen sin recompensa. El problema aparece cuando todo se negocia a cambio de algo.

La mayoría de los miedos infantiles son evolutivos y aparecen y desaparecen con la edad. Los bebés temen a los extraños y separarse de sus padres; entre los 3 y los 8 años son típicos la oscuridad, los animales, los monstruos o las tormentas; más adelante preocupan los exámenes, la salud, la muerte o el aspecto físico. Aunque lo que teme no sea real, su miedo sí lo es: escúchale sin burlarte. Conviene consultar si el miedo es muy intenso, dura mucho o le impide hacer cosas propias de su edad.

Con palabras claras y sencillas, como «ha muerto», explicando que es definitivo y que no va a volver. Expresiones como «se ha dormido» o «se ha ido de viaje» pueden confundirle o darle miedo a dormir o a viajar. Asegúrate de que no se siente culpable y deja espacio a sus preguntas. Sobre el funeral, puede asistir si quiere, explicándole antes qué verá y con un adulto de confianza que pueda salir con él si lo necesita; no conviene obligarle ni dejarle fuera de golpe.

Aunque se dice con la mejor intención, es preferible no hacerlo. Si un niño se ha hecho daño o está triste y le decimos que no es nada, recibe un mensaje confuso: o el adulto no se entera de lo que le pasa, o lo que él siente no es válido. Funciona mejor reconocer lo que vive («te has dado un buen golpe, duele, ¿verdad?»), acompañarle un momento y después ayudarle a seguir. Validar no es exagerar ni sobreproteger: es enseñarle que puede fiarse de lo que siente.

Por lo general, conviene no darse prisa. Para muchos niños, la mascota es su primer gran vínculo, y su muerte es también su primera experiencia de pérdida. Sustituirla enseguida puede transmitir que lo que se pierde se reemplaza y no deja espacio para despedirse. Es mejor explicarle con palabras sencillas lo que ha pasado, permitirle estar triste, contestar a sus preguntas y quizá hacer algún pequeño ritual, como un dibujo o recordar momentos juntos. Más adelante, cuando la familia esté preparada, una nueva mascota puede llegar sin ocupar el lugar de la anterior.

Con tiempo, con palabras sencillas y apoyándote sobre todo en lo que no va a cambiar. Los adultos solemos hablar de lo nuevo, la casa, el cole o los amigos que hará, pero para un niño da más seguridad saber qué sigue igual: su familia, sus rutinas, sus juguetes, la hora del cuento o las visitas a los abuelos. Déjale preguntar, expresar enfado o pena y, si es posible, que participe en algo, como elegir cómo decorar su cuarto. Es normal que haya algún retroceso pasajero los primeros días.

Ayudar en casa y cuidar de los hermanos es sano y le enseña responsabilidad. Se convierte en un problema cuando el cuidado pasa a ser una carga: cuando se espera que dé ejemplo siempre, que resuelva conflictos o que atienda a los pequeños como lo haría un adulto, a costa de su propio juego y de sus amistades. Algunos niños asumen ese papel para aliviar a sus padres y dejan de pedir lo que necesitan. Conviene revisar el reparto, reconocer su ayuda sin depender de ella y asegurarle tiempo para ser niño.

Sí, a la larga no le ayuda. Querer ahorrarle cualquier malestar nace del cariño, pero la frustración, en dosis adecuadas para su edad, es lo que le enseña a esperar, a tolerar un «no» y a buscar soluciones. Si siempre se le quitan las piedras del camino, se encontrará con ellas más tarde y con menos recursos. Esto no significa dejarle solo con el enfado: puedes acompañarle, poner nombre a lo que siente y mantener el límite con calma. Criar es sostenerle mientras aprende a tropezar, no evitar que tropiece.

Merece la pena escucharle y tomárselo en serio. Muchos niños, al crecer, empiezan a sentir que su imagen es suya y que no siempre quieren ser mostrados. A veces lo que piden es una mirada que les acompañe en el momento, no una cámara que les exponga ante otros. Respetarlo le enseña que su cuerpo y su intimidad importan, algo muy valioso para el futuro. Podéis hablarlo y acordar qué fotos se hacen, cuáles se guardan en familia y cuáles, si alguna, se comparten y con quién.

Ni confirmarlo ni negarlo con alarma: lo más útil es preguntar con curiosidad qué ha pasado y de dónde viene esa idea. A veces es un comentario en el colegio, algo visto en redes o una conversación de adultos sobre dietas. Revisad también cómo se habla de cuerpos en casa: evitar comentarios sobre el peso, propio o ajeno, protege mucho. Ayuda centrarse en lo que su cuerpo le permite hacer y en sus cualidades. Si la preocupación persiste o cambia su forma de comer, consultad con pediatría y con una psicóloga infantil.

Revisado por el equipo clínico de LeizeaPsicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789Última revisión: octubre de 2026Conoce al equipo →

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Conviene consultar si notas cambios que se mantienen en el tiempo: miedos que le limitan, rabietas muy intensas, tristeza, problemas de sueño o dificultades en el colegio. También si ha vivido un cambio difícil. No hace falta que sea grave: entender a tiempo qué le pasa ayuda a acompañarle mejor.

Con niños solemos preferir las sesiones presenciales, porque el juego y el contacto en consulta son una parte importante del trabajo. Aun así, algunos encuentros con la familia o el seguimiento pueden hacerse por videollamada, con el mismo precio. Lo valoramos en cada caso según la edad del niño y lo que necesite.

Depende de cada niño, de lo que le ocurre y de su ritmo. Algunas dificultades se abordan en menos tiempo y otras necesitan más acompañamiento. No damos una cifra cerrada: revisamos con la familia cómo avanza el proceso y ajustamos la frecuencia de las sesiones según lo que necesite.

Depende del momento y de la edad. La sesión suele ser con el niño, para que tenga su propio espacio, y a veces dedicamos los últimos minutos a comentar lo importante con vosotros. Además, programamos encuentros específicos con la familia para compartir avances y proponer pautas para casa.

Con palabras sencillas y sin dramatizar. Puedes decirle que va a ir a un sitio donde se juega, se habla y alguien le ayuda con lo que le preocupa o le hace sentir mal. Evita presentarlo como un castigo. Si lo necesitas, la psicóloga puede orientarte antes de la primera sesión.

Lo primero es creerle y dejarle claro que lo que le pasa no es culpa suya. Escúchale sin interrogarle, agradécele que te lo haya contado y evita reacciones que le hagan arrepentirse de hablar. Después, informa al colegio por escrito para que active su protocolo y mantén el contacto con su tutor o tutora. Si notas cambios en su sueño, su apetito o su ánimo, o no quiere ir a clase, una psicóloga infantil puede ayudarle a recuperar la seguridad. La Fundación ANAR (900 20 20 10) también atiende a familias.

Es una noticia dura para cualquier familia, pero conviene tomarla en serio y no negarla. Un niño que acosa también necesita ayuda: a menudo hay detrás dificultades para manejar la rabia, inseguridad, necesidad de sentirse aceptado o situaciones que le están afectando. Poner límites claros y reparar el daño es imprescindible, igual que entender qué le está pasando. En terapia trabajamos con el niño y con la familia para que aprenda otras formas de relacionarse, en coordinación con el colegio y priorizando siempre la protección de quien sufre el acoso.

Porque el juego es el lenguaje natural de los niños y una herramienta de trabajo muy potente. Mientras juegan, expresan lo que les preocupa, ensayan otras formas de resolver problemas y practican cosas como esperar su turno, tolerar la frustración o saber perder. Además, jugar, reírse y equivocarse junto a la psicóloga crea un vínculo de confianza en el que el niño puede bajar la guardia y mostrarse tal como es. Aunque desde fuera parezca solo un rato divertido, cada juego tiene un objetivo terapéutico.

Sí, es bastante habitual. Volver a los horarios y obligaciones después de un periodo libre exige una adaptación, y algunos niños la expresan con irritabilidad, tristeza, desgana o más rabietas durante unos días. Ayuda ir ajustando los horarios antes de empezar, mantener algunas rutinas en vacaciones, preparar el material juntos de forma agradable y que las despedidas y recogidas sean tranquilas. Si el malestar dura semanas, aparecen dolores de tripa o de cabeza antes de clase o se niega a ir, conviene consultar.

El castigo puede frenar una conducta en el momento, pero por sí solo enseña poco y a menudo genera distancia con el adulto. El niño aprende qué no debe hacer, pero no qué puede hacer en su lugar. Funciona mucho mejor enseñarle una alternativa concreta, reforzarla cuando la consigue y mantener límites claros, explicados con calma y aplicados con coherencia por todos los adultos. Si en algún momento hay una consecuencia, mejor que sea breve, inmediata, proporcionada y sin gritos ni humillaciones.

Porque, a menudo sin que nos demos cuenta, las rabietas le sirven para algo: conseguir lo que quiere, librarse de una tarea o captar nuestra atención. Si alguna vez han funcionado, el niño aprende que merece la pena intentarlo de nuevo, y con más fuerza. Para que disminuyan conviene que los adultos respondáis de forma parecida y constante, sin ceder en mitad del enfado, y que le enseñéis otras formas de pedir o de expresar que algo le molesta. Al principio suelen aumentar antes de ir a menos.

Bien utilizados, los premios ayudan a que un niño aprenda una conducta nueva. Lo más eficaz suele ser lo más sencillo: una alabanza concreta («qué bien has recogido los juguetes tú solo») o un rato especial juntos funcionan mejor que regalos materiales, que se agotan pronto. Conviene usarlos para objetivos claros y alcanzables y retirarlos poco a poco cuando la conducta ya está consolidada, para que aprenda que hay responsabilidades que se cumplen sin recompensa. El problema aparece cuando todo se negocia a cambio de algo.

La mayoría de los miedos infantiles son evolutivos y aparecen y desaparecen con la edad. Los bebés temen a los extraños y separarse de sus padres; entre los 3 y los 8 años son típicos la oscuridad, los animales, los monstruos o las tormentas; más adelante preocupan los exámenes, la salud, la muerte o el aspecto físico. Aunque lo que teme no sea real, su miedo sí lo es: escúchale sin burlarte. Conviene consultar si el miedo es muy intenso, dura mucho o le impide hacer cosas propias de su edad.

Con palabras claras y sencillas, como «ha muerto», explicando que es definitivo y que no va a volver. Expresiones como «se ha dormido» o «se ha ido de viaje» pueden confundirle o darle miedo a dormir o a viajar. Asegúrate de que no se siente culpable y deja espacio a sus preguntas. Sobre el funeral, puede asistir si quiere, explicándole antes qué verá y con un adulto de confianza que pueda salir con él si lo necesita; no conviene obligarle ni dejarle fuera de golpe.

Aunque se dice con la mejor intención, es preferible no hacerlo. Si un niño se ha hecho daño o está triste y le decimos que no es nada, recibe un mensaje confuso: o el adulto no se entera de lo que le pasa, o lo que él siente no es válido. Funciona mejor reconocer lo que vive («te has dado un buen golpe, duele, ¿verdad?»), acompañarle un momento y después ayudarle a seguir. Validar no es exagerar ni sobreproteger: es enseñarle que puede fiarse de lo que siente.

Por lo general, conviene no darse prisa. Para muchos niños, la mascota es su primer gran vínculo, y su muerte es también su primera experiencia de pérdida. Sustituirla enseguida puede transmitir que lo que se pierde se reemplaza y no deja espacio para despedirse. Es mejor explicarle con palabras sencillas lo que ha pasado, permitirle estar triste, contestar a sus preguntas y quizá hacer algún pequeño ritual, como un dibujo o recordar momentos juntos. Más adelante, cuando la familia esté preparada, una nueva mascota puede llegar sin ocupar el lugar de la anterior.

Con tiempo, con palabras sencillas y apoyándote sobre todo en lo que no va a cambiar. Los adultos solemos hablar de lo nuevo, la casa, el cole o los amigos que hará, pero para un niño da más seguridad saber qué sigue igual: su familia, sus rutinas, sus juguetes, la hora del cuento o las visitas a los abuelos. Déjale preguntar, expresar enfado o pena y, si es posible, que participe en algo, como elegir cómo decorar su cuarto. Es normal que haya algún retroceso pasajero los primeros días.

Ayudar en casa y cuidar de los hermanos es sano y le enseña responsabilidad. Se convierte en un problema cuando el cuidado pasa a ser una carga: cuando se espera que dé ejemplo siempre, que resuelva conflictos o que atienda a los pequeños como lo haría un adulto, a costa de su propio juego y de sus amistades. Algunos niños asumen ese papel para aliviar a sus padres y dejan de pedir lo que necesitan. Conviene revisar el reparto, reconocer su ayuda sin depender de ella y asegurarle tiempo para ser niño.

Sí, a la larga no le ayuda. Querer ahorrarle cualquier malestar nace del cariño, pero la frustración, en dosis adecuadas para su edad, es lo que le enseña a esperar, a tolerar un «no» y a buscar soluciones. Si siempre se le quitan las piedras del camino, se encontrará con ellas más tarde y con menos recursos. Esto no significa dejarle solo con el enfado: puedes acompañarle, poner nombre a lo que siente y mantener el límite con calma. Criar es sostenerle mientras aprende a tropezar, no evitar que tropiece.

Merece la pena escucharle y tomárselo en serio. Muchos niños, al crecer, empiezan a sentir que su imagen es suya y que no siempre quieren ser mostrados. A veces lo que piden es una mirada que les acompañe en el momento, no una cámara que les exponga ante otros. Respetarlo le enseña que su cuerpo y su intimidad importan, algo muy valioso para el futuro. Podéis hablarlo y acordar qué fotos se hacen, cuáles se guardan en familia y cuáles, si alguna, se comparten y con quién.

Ni confirmarlo ni negarlo con alarma: lo más útil es preguntar con curiosidad qué ha pasado y de dónde viene esa idea. A veces es un comentario en el colegio, algo visto en redes o una conversación de adultos sobre dietas. Revisad también cómo se habla de cuerpos en casa: evitar comentarios sobre el peso, propio o ajeno, protege mucho. Ayuda centrarse en lo que su cuerpo le permite hacer y en sus cualidades. Si la preocupación persiste o cambia su forma de comer, consultad con pediatría y con una psicóloga infantil.

Revisado por el equipo clínico de LeizeaPsicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789Última revisión: octubre de 2026Conoce al equipo →
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