Terapia Familiar
Terapia familiar para hablar sin miedo, escucharos sin reproches y recuperar una convivencia más serena. Presencial u online. Escríbenos.

- ✓Psicólogas sanitarias colegiadas
- ✓Sesiones de 50 min · 65 €
- ✓Presencial u online
- ★★★★★5,0 en Google
¿Qué es la terapia familiar y cuándo puede ayudar?
La terapia familiar es un espacio donde la familia, al completo o en parte, puede hablar de lo que está pasando con ayuda de una psicóloga. Ayuda cuando las conversaciones se tensan, llega un cambio importante o cuesta entenderse aunque el cariño esté.
Con el tiempo los roles cambian, las generaciones se cruzan y los ritmos se desajustan. Lo que antes funcionaba puede dejar de hacerlo, y un pequeño malentendido acaba en distancia o silencio.
La terapia es una invitación a parar y mirarse de nuevo, para recuperar la sensación de estar juntos, incluso con diferencias.
Lo que vemos en consulta
No buscamos quién tiene razón, sino cómo estar mejor en casa.
Cada familia tiene su historia, su forma de comunicarse, sus silencios y su manera de cuidar. Por eso no seguimos un guion cerrado: escuchamos, observamos y construimos un espacio donde cada persona pueda expresarse.
A veces se trata de entender por qué se repiten ciertos patrones. Otras, de acompañar un cambio importante o de encontrar nuevas formas de relacionarse.
No buscamos quién tiene razón, sino comprender cómo funciona la relación entre todos y qué puede hacer que el ambiente en casa sea más seguro, sereno y cercano.
Situaciones que suelen traer a terapia familiar
- 01Discusiones frecuentes que dejan mal sabor
- 02Una separación, una mudanza o una pérdida reciente
- 03Un miembro de la familia atraviesa un momento difícil
- 04Tensiones por la adolescencia o la crianza
- 05Rivalidades, comparaciones o resentimientos acumulados
- 06Distancia entre generaciones o falta de conexión
Cuándo pedir ayuda en familia
- Cuando se evitan ciertos temas por miedo a discutir o herir.
- Cuando las emociones se desbordan o parecen haberse apagado.
- Cuando todos os esforzáis y nada parece cambiar.
- Cuando no sabéis cómo acompañar a quien lo está pasando mal.
- Cuando queréis entenderos mejor y convivir con más calma.
Cómo trabajamos en la terapia familiar
Trabajamos desde un enfoque sistémico: miramos la familia como un conjunto, no a una persona como «el problema». La psicóloga ayuda a que las conversaciones sean más claras, a poner nombre a las emociones y a escuchar las necesidades que hay detrás de los conflictos.
Según el momento, participa toda la familia o una parte. Las sesiones duran 50 minutos, en consulta presencial o por videollamada.
- Sesiones de 50 minutos
- Semanales al principio
- Presencial u online
- 65 € individual · 80 € pareja o familia
Cómo empezar la terapia familiar
- 01
Escríbenos
Cualquier miembro de la familia puede escribirnos por WhatsApp para contar brevemente la situación y buscar un hueco.
- 02
Primera sesión
Nos reunimos con quienes vayan a participar para escuchar cómo vive cada uno lo que está pasando en casa.
- 03
Quién viene y para qué
Acordamos los objetivos y quién participa en cada sesión: toda la familia o una parte, según lo que se necesite.
- 04
Revisamos el proceso
Cada cierto tiempo miramos cómo va la convivencia y ajustamos el trabajo a lo que la familia necesita.
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Con el tiempo los roles cambian, las generaciones se cruzan y los ritmos se desajustan. Lo que antes funcionaba puede dejar de hacerlo, y un pequeño malentendido acaba en distancia o silencio.
La terapia es una invitación a parar y mirarse de nuevo, para recuperar la sensación de estar juntos, incluso con diferencias.
Lo que vemos en consulta
No buscamos quién tiene razón, sino cómo estar mejor en casa.
Cada familia tiene su historia, su forma de comunicarse, sus silencios y su manera de cuidar. Por eso no seguimos un guion cerrado: escuchamos, observamos y construimos un espacio donde cada persona pueda expresarse.
A veces se trata de entender por qué se repiten ciertos patrones. Otras, de acompañar un cambio importante o de encontrar nuevas formas de relacionarse.
No buscamos quién tiene razón, sino comprender cómo funciona la relación entre todos y qué puede hacer que el ambiente en casa sea más seguro, sereno y cercano.
Situaciones que suelen traer a terapia familiar
- 01Discusiones frecuentes que dejan mal sabor
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- 06Distancia entre generaciones o falta de conexión
Cuándo pedir ayuda en familia
- Cuando se evitan ciertos temas por miedo a discutir o herir.
- Cuando las emociones se desbordan o parecen haberse apagado.
- Cuando todos os esforzáis y nada parece cambiar.
- Cuando no sabéis cómo acompañar a quien lo está pasando mal.
- Cuando queréis entenderos mejor y convivir con más calma.
Cómo trabajamos en la terapia familiar
Trabajamos desde un enfoque sistémico: miramos la familia como un conjunto, no a una persona como «el problema». La psicóloga ayuda a que las conversaciones sean más claras, a poner nombre a las emociones y a escuchar las necesidades que hay detrás de los conflictos.
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- 04
Revisamos el proceso
Cada cierto tiempo miramos cómo va la convivencia y ajustamos el trabajo a lo que la familia necesita.
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¿Qué es la terapia familiar y cuándo puede ayudar?
La terapia familiar es un espacio donde la familia, al completo o en parte, puede hablar de lo que está pasando con ayuda de una psicóloga. Ayuda cuando las conversaciones se tensan, llega un cambio importante o cuesta entenderse aunque el cariño esté.
Con el tiempo los roles cambian, las generaciones se cruzan y los ritmos se desajustan. Lo que antes funcionaba puede dejar de hacerlo, y un pequeño malentendido acaba en distancia o silencio.
La terapia es una invitación a parar y mirarse de nuevo, para recuperar la sensación de estar juntos, incluso con diferencias.
Lo que vemos en consulta
No buscamos quién tiene razón, sino cómo estar mejor en casa.
Cada familia tiene su historia, su forma de comunicarse, sus silencios y su manera de cuidar. Por eso no seguimos un guion cerrado: escuchamos, observamos y construimos un espacio donde cada persona pueda expresarse.
A veces se trata de entender por qué se repiten ciertos patrones. Otras, de acompañar un cambio importante o de encontrar nuevas formas de relacionarse.
No buscamos quién tiene razón, sino comprender cómo funciona la relación entre todos y qué puede hacer que el ambiente en casa sea más seguro, sereno y cercano.
Situaciones que suelen traer a terapia familiar
- 01Discusiones frecuentes que dejan mal sabor
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Cómo trabajamos en la terapia familiar
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Psicólogas sanitarias colegiadas con formación en terapia familiar, conflictos de convivencia y acompañamiento en cambios vitales.
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Leire BasañezPsicóloga SanitariaNº col. P-03018Atiende en C/ Colón de Larreategui, 26Pedir cita con Leire
Irati ArtetxePsicóloga SanitariaNº col. BI06250Atiende en C/ Colón de Larreategui, 26Pedir cita con Irati¿No sabes con quién encajas?
Cuéntanos qué te pasa y te orientamos hacia la psicóloga cuyo enfoque mejor encaje contigo. Si en algún momento no conectas, buscamos otra opción sin que tengas que justificarte.
Descubre con quién encajas →
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Preguntas frecuentes sobre la terapia familiar
En Leizea, la sesión de terapia familiar cuesta 80 € y dura 50 minutos. La terapia online tiene el mismo precio que la presencial. Si en algún momento se necesitan sesiones individuales, cuestan 65 €. Puedes escribir por WhatsApp a la psicóloga para contarle la situación y resolver dudas antes de empezar.
No siempre. Según lo que esté pasando, pueden participar todos o solo una parte de la familia, y eso puede ir cambiando a lo largo del proceso. Lo decidimos con vosotros en función de lo que más ayude en cada momento. Lo importante es que quienes vengan quieran mejorar la relación.
Sí. Hacemos sesiones por videollamada con la misma duración y el mismo precio que las presenciales. Es útil si algún miembro vive fuera o si coordinar horarios presenciales resulta complicado. Lo ideal es conectarse desde un espacio tranquilo donde todos podáis hablar con calma.
Depende de cada familia, de lo que os trae y de los objetivos que acordemos. Hay procesos centrados en un momento concreto, como una separación, y otros que revisan patrones de relación más antiguos. No damos una cifra cerrada: revisamos con vosotros cada cierto tiempo cómo avanza el proceso.
En la terapia individual el foco está en una persona. En la terapia familiar miramos las relaciones: cómo os comunicáis, qué papel ocupa cada uno y qué patrones se repiten. A veces ambas se complementan, y la psicóloga puede proponer combinarlas si cree que os ayudará.
Sí. La adolescencia suele mover la convivencia: cambian los límites, la comunicación y las necesidades de cada uno. La terapia familiar ayuda a que padres e hijos se escuchen sin reproches y encuentren acuerdos. Si lo necesita, el adolescente también puede tener su propio espacio de terapia.
No es porque alguien tenga la culpa. Cuando un hijo o una hija está en terapia, los cambios que consigue duran más si la familia entiende lo que está pasando y sabe cómo acompañarlos en casa. Las sesiones con los padres sirven para compartir una visión común, ajustar la forma de responder a ciertas situaciones y evitar que, sin querer, se mantenga justo lo que se intenta cambiar. Siempre se hace respetando la confidencialidad de lo que el hijo o la hija cuenta en sus sesiones.
Es bastante habitual. A veces la persona que no quiere venir teme que la culpen, cree que no servirá de nada o simplemente no sabe qué se espera de ella. Una opción que suele funcionar es que la psicóloga hable directamente con ella, le explique con palabras sencillas para qué es la sesión y responda a sus dudas. No se trata de convencer a nadie a la fuerza, sino de que tenga la información necesaria para decidir. Lo hablamos con vosotros antes de dar ese paso.
Puede serlo. Hay jóvenes adultos que han dejado los estudios, no encuentran o no buscan trabajo y siguen dependiendo por completo de casa, a menudo con malestar por ambas partes. Además de lo que le ocurre a esa persona, a veces la familia se ha ido acomodando a la situación sin darse cuenta, para evitar conflictos o por miedo a empeorar las cosas. En terapia miramos el conjunto: qué necesita el joven, qué se espera de él y cómo puede la familia apoyar su autonomía.
Escuchamos a todos. Cuando una familia llega describiéndose en blanco y negro (el hermano problemático y el responsable, la madre que lo hace todo y el padre que no está), al oír las distintas versiones suele aparecer una historia más matizada. No se trata de quitar la razón a nadie, sino de entender cómo se han ido repartiendo esos papeles y qué precio tienen para cada uno. Salir de las etiquetas suele aliviar a toda la familia, también a quien carga con el papel de «bueno».
Lo más importante es que los adultos habléis directamente entre vosotros y nunca uséis a los hijos como mensajeros ni como fuente de información sobre el otro. Los niños quieren a sus dos padres, y oír críticas de uno hacia el otro les coloca en un conflicto de lealtades muy angustioso. Ayuda acordar juntos cómo contarles la separación, hablar con respeto del otro progenitor delante de ellos y dejarles claro que no es culpa suya. Si os cuesta comunicaros, la terapia o la mediación pueden ayudaros.
Conviene explicárselo de forma sencilla y adaptada a su edad, porque los niños perciben la tensión aunque nadie diga nada. Si notan silencios, miradas o portazos y se les responde «no pasa nada», pueden empezar a dudar de lo que sienten o a pensar que es culpa suya. No se trata de darles detalles ni de cargarles con asuntos de adultos, sino de algo como «no estamos bien, pero nos estamos ocupando». Así dejan de estar en alerta y aprenden que los problemas se pueden nombrar y gestionar.
Sí. Los conflictos por herencias, por cómo repartir las fiestas o por las visitas son muy habituales y suelen remover historias antiguas entre hermanos o con los padres. Un primer paso útil es distinguir qué tipo de conflicto es: a veces chocan intereses concretos que se pueden negociar hablando de lo que de verdad importa a cada uno, y otras veces hay un malestar personal acumulado que pide otro tipo de trabajo. En terapia familiar ayudamos a que cada parte se explique y a buscar acuerdos que todos puedan sostener.
Sí, y suele ayudar mucho. Ver a un padre o una madre perder memoria o autonomía genera miedo, tristeza y discusiones sobre cómo organizarse. Os orientamos para acompañarle sin tratarle como a un niño: preguntarle qué necesita en lugar de decidir por él, dejar que haga lo que pueda por sí mismo y respetar su dignidad aunque se equivoque o repita las cosas. También trabajamos cómo repartir los cuidados entre hermanos para que no recaigan siempre en la misma persona y cómo cuidar a quien cuida.
Sí, y muchas veces es lo más recomendable. En terapia individual puedes entender lo que viviste en tu familia, darte permiso para que te duela y aprender a relacionarte con tus padres desde otro lugar. A menudo, detrás de los reproches hay un deseo profundo de que ellos reconozcan el daño y lo reparen, algo que no siempre ocurre. Trabajarlo por tu cuenta no depende de que cambien: te permite cuidar tus heridas, decidir qué relación quieres tener con ellos y dejar de esperar lo que quizá no llegue.
No está mal: cuando la relación con la familia es una fuente constante de maltrato, desprecio o dolor, poner distancia puede ser una forma legítima de cuidarte. No hablamos de los roces normales que hay en cualquier casa, sino de situaciones que se repiten pese a años de intentos. Alejarse suele traer culpa y dudas, y por eso conviene hacerlo acompañado. Querer a alguien no es una obligación; no dañar, sí. Si sufres violencia o amenazas, pide ayuda: 112 ante un peligro inmediato y 016 si se trata de violencia de género.
Es muy habitual: cuando alguien de la familia atraviesa una crisis, una enfermedad o una conducta imprevisible, el resto empieza a organizar su vida alrededor de esa persona casi sin darse cuenta. Con el tiempo, los demás se agotan, se olvidan de sí mismos y la convivencia se tensa. Recuperar espacios propios, rutinas y momentos que no giren en torno al problema no es egoísmo: también ayuda a quien está mal, porque reduce la tensión en casa. En terapia familiar buscamos un equilibrio más sostenible para todos.
Lo que más ayuda es preguntarle qué necesita y respetar su ritmo, en lugar de pedirle informes de cada sesión. Pedir ayuda psicológica habla bien de esa persona: ha visto que algo tiene que cambiar y ha dado el paso. Conviene evitar frases como «deberías estar mejor» o «tienes que animarte», que juzgan lo que siente. Si queréis implicaros más, podéis preguntarle si le parece bien que habléis con su psicóloga para recibir orientaciones, siempre con su consentimiento y respetando la confidencialidad de lo que cuenta en sesión.
Porque cada hijo llega a la familia en un momento distinto y ocupa un lugar propio. Los padres no son las mismas personas con el primer hijo que con el tercero: cambian su edad, su economía, su relación de pareja y su cansancio. Además, cada niño tiene su temperamento y despierta reacciones diferentes. Por eso es habitual que los hermanos recuerden infancias casi opuestas, y nadie tiene por qué estar mintiendo. Entenderlo ayuda a dejar de discutir sobre quién tiene la versión verdadera y reduce comparaciones y reproches entre hermanos.
Es una reacción esperable, aunque duela: cuando una persona cambia su forma de estar, todo el sistema familiar se mueve. Quien se ha acostumbrado a que estés siempre disponible puede vivir tus límites como un rechazo, y es frecuente que haya presión para que vuelvas a lo de antes. Su enfado no indica que te estés equivocando. En terapia se trabaja cómo sostener esos límites con calma, explicarlos sin justificarte en exceso y distinguir qué vínculos merece la pena cuidar, para no romper relaciones innecesariamente.
Límites claros, pocos y que estéis dispuestos a cumplir. Algunos habituales son no consumir en casa, no darle dinero que pueda acabar en el consumo, no discutir cuando está bajo los efectos y acordar de antemano qué pasará si hay una recaída. Conviene que los dos progenitores estén de acuerdo y que los límites se expliquen desde la preocupación, no desde el castigo. También es importante reconocer los esfuerzos y los intentos, aunque no salgan a la primera. Un profesional puede ayudaros a ajustar estas normas a su edad y a vuestra situación.
Sí, y es un tema que aparece a menudo. Muchos padres, con buena intención, depositan en sus hijos sueños que no pudieron cumplir: una carrera, un éxito o una forma de vida. El problema surge cuando sientes que vives para no decepcionarles y ya no sabes qué quieres tú. En terapia se trabaja distinguir tus deseos de lo que se espera de ti, sin culpas hacia nadie. A veces también se puede hablar en familia, en sesiones conjuntas, para que esas expectativas se digan en voz alta y cada uno ocupe su lugar.
No hace falta que te conviertas en psicóloga ni en policía de su plato: tu papel es seguir siendo su madre o su padre. Vigilar cada bocado suele aumentar la tensión en casa y la sensación de control, que es justo lo que alimenta el problema. Lo que ayuda es seguir las pautas concretas que os dé el equipo que la trata, preguntar en lugar de suponer y mantener momentos de relación que no giren en torno a la comida. Si tienes dudas sobre qué hacer en una situación concreta, coméntalo con sus profesionales.
Dónde te atendemos
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Preguntas frecuentes sobre la terapia familiar
En Leizea, la sesión de terapia familiar cuesta 80 € y dura 50 minutos. La terapia online tiene el mismo precio que la presencial. Si en algún momento se necesitan sesiones individuales, cuestan 65 €. Puedes escribir por WhatsApp a la psicóloga para contarle la situación y resolver dudas antes de empezar.
No siempre. Según lo que esté pasando, pueden participar todos o solo una parte de la familia, y eso puede ir cambiando a lo largo del proceso. Lo decidimos con vosotros en función de lo que más ayude en cada momento. Lo importante es que quienes vengan quieran mejorar la relación.
Sí. Hacemos sesiones por videollamada con la misma duración y el mismo precio que las presenciales. Es útil si algún miembro vive fuera o si coordinar horarios presenciales resulta complicado. Lo ideal es conectarse desde un espacio tranquilo donde todos podáis hablar con calma.
Depende de cada familia, de lo que os trae y de los objetivos que acordemos. Hay procesos centrados en un momento concreto, como una separación, y otros que revisan patrones de relación más antiguos. No damos una cifra cerrada: revisamos con vosotros cada cierto tiempo cómo avanza el proceso.
En la terapia individual el foco está en una persona. En la terapia familiar miramos las relaciones: cómo os comunicáis, qué papel ocupa cada uno y qué patrones se repiten. A veces ambas se complementan, y la psicóloga puede proponer combinarlas si cree que os ayudará.
Sí. La adolescencia suele mover la convivencia: cambian los límites, la comunicación y las necesidades de cada uno. La terapia familiar ayuda a que padres e hijos se escuchen sin reproches y encuentren acuerdos. Si lo necesita, el adolescente también puede tener su propio espacio de terapia.
No es porque alguien tenga la culpa. Cuando un hijo o una hija está en terapia, los cambios que consigue duran más si la familia entiende lo que está pasando y sabe cómo acompañarlos en casa. Las sesiones con los padres sirven para compartir una visión común, ajustar la forma de responder a ciertas situaciones y evitar que, sin querer, se mantenga justo lo que se intenta cambiar. Siempre se hace respetando la confidencialidad de lo que el hijo o la hija cuenta en sus sesiones.
Es bastante habitual. A veces la persona que no quiere venir teme que la culpen, cree que no servirá de nada o simplemente no sabe qué se espera de ella. Una opción que suele funcionar es que la psicóloga hable directamente con ella, le explique con palabras sencillas para qué es la sesión y responda a sus dudas. No se trata de convencer a nadie a la fuerza, sino de que tenga la información necesaria para decidir. Lo hablamos con vosotros antes de dar ese paso.
Puede serlo. Hay jóvenes adultos que han dejado los estudios, no encuentran o no buscan trabajo y siguen dependiendo por completo de casa, a menudo con malestar por ambas partes. Además de lo que le ocurre a esa persona, a veces la familia se ha ido acomodando a la situación sin darse cuenta, para evitar conflictos o por miedo a empeorar las cosas. En terapia miramos el conjunto: qué necesita el joven, qué se espera de él y cómo puede la familia apoyar su autonomía.
Escuchamos a todos. Cuando una familia llega describiéndose en blanco y negro (el hermano problemático y el responsable, la madre que lo hace todo y el padre que no está), al oír las distintas versiones suele aparecer una historia más matizada. No se trata de quitar la razón a nadie, sino de entender cómo se han ido repartiendo esos papeles y qué precio tienen para cada uno. Salir de las etiquetas suele aliviar a toda la familia, también a quien carga con el papel de «bueno».
Lo más importante es que los adultos habléis directamente entre vosotros y nunca uséis a los hijos como mensajeros ni como fuente de información sobre el otro. Los niños quieren a sus dos padres, y oír críticas de uno hacia el otro les coloca en un conflicto de lealtades muy angustioso. Ayuda acordar juntos cómo contarles la separación, hablar con respeto del otro progenitor delante de ellos y dejarles claro que no es culpa suya. Si os cuesta comunicaros, la terapia o la mediación pueden ayudaros.
Conviene explicárselo de forma sencilla y adaptada a su edad, porque los niños perciben la tensión aunque nadie diga nada. Si notan silencios, miradas o portazos y se les responde «no pasa nada», pueden empezar a dudar de lo que sienten o a pensar que es culpa suya. No se trata de darles detalles ni de cargarles con asuntos de adultos, sino de algo como «no estamos bien, pero nos estamos ocupando». Así dejan de estar en alerta y aprenden que los problemas se pueden nombrar y gestionar.
Sí. Los conflictos por herencias, por cómo repartir las fiestas o por las visitas son muy habituales y suelen remover historias antiguas entre hermanos o con los padres. Un primer paso útil es distinguir qué tipo de conflicto es: a veces chocan intereses concretos que se pueden negociar hablando de lo que de verdad importa a cada uno, y otras veces hay un malestar personal acumulado que pide otro tipo de trabajo. En terapia familiar ayudamos a que cada parte se explique y a buscar acuerdos que todos puedan sostener.
Sí, y suele ayudar mucho. Ver a un padre o una madre perder memoria o autonomía genera miedo, tristeza y discusiones sobre cómo organizarse. Os orientamos para acompañarle sin tratarle como a un niño: preguntarle qué necesita en lugar de decidir por él, dejar que haga lo que pueda por sí mismo y respetar su dignidad aunque se equivoque o repita las cosas. También trabajamos cómo repartir los cuidados entre hermanos para que no recaigan siempre en la misma persona y cómo cuidar a quien cuida.
Sí, y muchas veces es lo más recomendable. En terapia individual puedes entender lo que viviste en tu familia, darte permiso para que te duela y aprender a relacionarte con tus padres desde otro lugar. A menudo, detrás de los reproches hay un deseo profundo de que ellos reconozcan el daño y lo reparen, algo que no siempre ocurre. Trabajarlo por tu cuenta no depende de que cambien: te permite cuidar tus heridas, decidir qué relación quieres tener con ellos y dejar de esperar lo que quizá no llegue.
No está mal: cuando la relación con la familia es una fuente constante de maltrato, desprecio o dolor, poner distancia puede ser una forma legítima de cuidarte. No hablamos de los roces normales que hay en cualquier casa, sino de situaciones que se repiten pese a años de intentos. Alejarse suele traer culpa y dudas, y por eso conviene hacerlo acompañado. Querer a alguien no es una obligación; no dañar, sí. Si sufres violencia o amenazas, pide ayuda: 112 ante un peligro inmediato y 016 si se trata de violencia de género.
Es muy habitual: cuando alguien de la familia atraviesa una crisis, una enfermedad o una conducta imprevisible, el resto empieza a organizar su vida alrededor de esa persona casi sin darse cuenta. Con el tiempo, los demás se agotan, se olvidan de sí mismos y la convivencia se tensa. Recuperar espacios propios, rutinas y momentos que no giren en torno al problema no es egoísmo: también ayuda a quien está mal, porque reduce la tensión en casa. En terapia familiar buscamos un equilibrio más sostenible para todos.
Lo que más ayuda es preguntarle qué necesita y respetar su ritmo, en lugar de pedirle informes de cada sesión. Pedir ayuda psicológica habla bien de esa persona: ha visto que algo tiene que cambiar y ha dado el paso. Conviene evitar frases como «deberías estar mejor» o «tienes que animarte», que juzgan lo que siente. Si queréis implicaros más, podéis preguntarle si le parece bien que habléis con su psicóloga para recibir orientaciones, siempre con su consentimiento y respetando la confidencialidad de lo que cuenta en sesión.
Porque cada hijo llega a la familia en un momento distinto y ocupa un lugar propio. Los padres no son las mismas personas con el primer hijo que con el tercero: cambian su edad, su economía, su relación de pareja y su cansancio. Además, cada niño tiene su temperamento y despierta reacciones diferentes. Por eso es habitual que los hermanos recuerden infancias casi opuestas, y nadie tiene por qué estar mintiendo. Entenderlo ayuda a dejar de discutir sobre quién tiene la versión verdadera y reduce comparaciones y reproches entre hermanos.
Es una reacción esperable, aunque duela: cuando una persona cambia su forma de estar, todo el sistema familiar se mueve. Quien se ha acostumbrado a que estés siempre disponible puede vivir tus límites como un rechazo, y es frecuente que haya presión para que vuelvas a lo de antes. Su enfado no indica que te estés equivocando. En terapia se trabaja cómo sostener esos límites con calma, explicarlos sin justificarte en exceso y distinguir qué vínculos merece la pena cuidar, para no romper relaciones innecesariamente.
Límites claros, pocos y que estéis dispuestos a cumplir. Algunos habituales son no consumir en casa, no darle dinero que pueda acabar en el consumo, no discutir cuando está bajo los efectos y acordar de antemano qué pasará si hay una recaída. Conviene que los dos progenitores estén de acuerdo y que los límites se expliquen desde la preocupación, no desde el castigo. También es importante reconocer los esfuerzos y los intentos, aunque no salgan a la primera. Un profesional puede ayudaros a ajustar estas normas a su edad y a vuestra situación.
Sí, y es un tema que aparece a menudo. Muchos padres, con buena intención, depositan en sus hijos sueños que no pudieron cumplir: una carrera, un éxito o una forma de vida. El problema surge cuando sientes que vives para no decepcionarles y ya no sabes qué quieres tú. En terapia se trabaja distinguir tus deseos de lo que se espera de ti, sin culpas hacia nadie. A veces también se puede hablar en familia, en sesiones conjuntas, para que esas expectativas se digan en voz alta y cada uno ocupe su lugar.
No hace falta que te conviertas en psicóloga ni en policía de su plato: tu papel es seguir siendo su madre o su padre. Vigilar cada bocado suele aumentar la tensión en casa y la sensación de control, que es justo lo que alimenta el problema. Lo que ayuda es seguir las pautas concretas que os dé el equipo que la trata, preguntar en lugar de suponer y mantener momentos de relación que no giren en torno a la comida. Si tienes dudas sobre qué hacer en una situación concreta, coméntalo con sus profesionales.
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En Leizea, la sesión de terapia familiar cuesta 80 € y dura 50 minutos. La terapia online tiene el mismo precio que la presencial. Si en algún momento se necesitan sesiones individuales, cuestan 65 €. Puedes escribir por WhatsApp a la psicóloga para contarle la situación y resolver dudas antes de empezar.
No siempre. Según lo que esté pasando, pueden participar todos o solo una parte de la familia, y eso puede ir cambiando a lo largo del proceso. Lo decidimos con vosotros en función de lo que más ayude en cada momento. Lo importante es que quienes vengan quieran mejorar la relación.
Sí. Hacemos sesiones por videollamada con la misma duración y el mismo precio que las presenciales. Es útil si algún miembro vive fuera o si coordinar horarios presenciales resulta complicado. Lo ideal es conectarse desde un espacio tranquilo donde todos podáis hablar con calma.
Depende de cada familia, de lo que os trae y de los objetivos que acordemos. Hay procesos centrados en un momento concreto, como una separación, y otros que revisan patrones de relación más antiguos. No damos una cifra cerrada: revisamos con vosotros cada cierto tiempo cómo avanza el proceso.
En la terapia individual el foco está en una persona. En la terapia familiar miramos las relaciones: cómo os comunicáis, qué papel ocupa cada uno y qué patrones se repiten. A veces ambas se complementan, y la psicóloga puede proponer combinarlas si cree que os ayudará.
Sí. La adolescencia suele mover la convivencia: cambian los límites, la comunicación y las necesidades de cada uno. La terapia familiar ayuda a que padres e hijos se escuchen sin reproches y encuentren acuerdos. Si lo necesita, el adolescente también puede tener su propio espacio de terapia.
No es porque alguien tenga la culpa. Cuando un hijo o una hija está en terapia, los cambios que consigue duran más si la familia entiende lo que está pasando y sabe cómo acompañarlos en casa. Las sesiones con los padres sirven para compartir una visión común, ajustar la forma de responder a ciertas situaciones y evitar que, sin querer, se mantenga justo lo que se intenta cambiar. Siempre se hace respetando la confidencialidad de lo que el hijo o la hija cuenta en sus sesiones.
Es bastante habitual. A veces la persona que no quiere venir teme que la culpen, cree que no servirá de nada o simplemente no sabe qué se espera de ella. Una opción que suele funcionar es que la psicóloga hable directamente con ella, le explique con palabras sencillas para qué es la sesión y responda a sus dudas. No se trata de convencer a nadie a la fuerza, sino de que tenga la información necesaria para decidir. Lo hablamos con vosotros antes de dar ese paso.
Puede serlo. Hay jóvenes adultos que han dejado los estudios, no encuentran o no buscan trabajo y siguen dependiendo por completo de casa, a menudo con malestar por ambas partes. Además de lo que le ocurre a esa persona, a veces la familia se ha ido acomodando a la situación sin darse cuenta, para evitar conflictos o por miedo a empeorar las cosas. En terapia miramos el conjunto: qué necesita el joven, qué se espera de él y cómo puede la familia apoyar su autonomía.
Escuchamos a todos. Cuando una familia llega describiéndose en blanco y negro (el hermano problemático y el responsable, la madre que lo hace todo y el padre que no está), al oír las distintas versiones suele aparecer una historia más matizada. No se trata de quitar la razón a nadie, sino de entender cómo se han ido repartiendo esos papeles y qué precio tienen para cada uno. Salir de las etiquetas suele aliviar a toda la familia, también a quien carga con el papel de «bueno».
Lo más importante es que los adultos habléis directamente entre vosotros y nunca uséis a los hijos como mensajeros ni como fuente de información sobre el otro. Los niños quieren a sus dos padres, y oír críticas de uno hacia el otro les coloca en un conflicto de lealtades muy angustioso. Ayuda acordar juntos cómo contarles la separación, hablar con respeto del otro progenitor delante de ellos y dejarles claro que no es culpa suya. Si os cuesta comunicaros, la terapia o la mediación pueden ayudaros.
Conviene explicárselo de forma sencilla y adaptada a su edad, porque los niños perciben la tensión aunque nadie diga nada. Si notan silencios, miradas o portazos y se les responde «no pasa nada», pueden empezar a dudar de lo que sienten o a pensar que es culpa suya. No se trata de darles detalles ni de cargarles con asuntos de adultos, sino de algo como «no estamos bien, pero nos estamos ocupando». Así dejan de estar en alerta y aprenden que los problemas se pueden nombrar y gestionar.
Sí. Los conflictos por herencias, por cómo repartir las fiestas o por las visitas son muy habituales y suelen remover historias antiguas entre hermanos o con los padres. Un primer paso útil es distinguir qué tipo de conflicto es: a veces chocan intereses concretos que se pueden negociar hablando de lo que de verdad importa a cada uno, y otras veces hay un malestar personal acumulado que pide otro tipo de trabajo. En terapia familiar ayudamos a que cada parte se explique y a buscar acuerdos que todos puedan sostener.
Sí, y suele ayudar mucho. Ver a un padre o una madre perder memoria o autonomía genera miedo, tristeza y discusiones sobre cómo organizarse. Os orientamos para acompañarle sin tratarle como a un niño: preguntarle qué necesita en lugar de decidir por él, dejar que haga lo que pueda por sí mismo y respetar su dignidad aunque se equivoque o repita las cosas. También trabajamos cómo repartir los cuidados entre hermanos para que no recaigan siempre en la misma persona y cómo cuidar a quien cuida.
Sí, y muchas veces es lo más recomendable. En terapia individual puedes entender lo que viviste en tu familia, darte permiso para que te duela y aprender a relacionarte con tus padres desde otro lugar. A menudo, detrás de los reproches hay un deseo profundo de que ellos reconozcan el daño y lo reparen, algo que no siempre ocurre. Trabajarlo por tu cuenta no depende de que cambien: te permite cuidar tus heridas, decidir qué relación quieres tener con ellos y dejar de esperar lo que quizá no llegue.
No está mal: cuando la relación con la familia es una fuente constante de maltrato, desprecio o dolor, poner distancia puede ser una forma legítima de cuidarte. No hablamos de los roces normales que hay en cualquier casa, sino de situaciones que se repiten pese a años de intentos. Alejarse suele traer culpa y dudas, y por eso conviene hacerlo acompañado. Querer a alguien no es una obligación; no dañar, sí. Si sufres violencia o amenazas, pide ayuda: 112 ante un peligro inmediato y 016 si se trata de violencia de género.
Es muy habitual: cuando alguien de la familia atraviesa una crisis, una enfermedad o una conducta imprevisible, el resto empieza a organizar su vida alrededor de esa persona casi sin darse cuenta. Con el tiempo, los demás se agotan, se olvidan de sí mismos y la convivencia se tensa. Recuperar espacios propios, rutinas y momentos que no giren en torno al problema no es egoísmo: también ayuda a quien está mal, porque reduce la tensión en casa. En terapia familiar buscamos un equilibrio más sostenible para todos.
Lo que más ayuda es preguntarle qué necesita y respetar su ritmo, en lugar de pedirle informes de cada sesión. Pedir ayuda psicológica habla bien de esa persona: ha visto que algo tiene que cambiar y ha dado el paso. Conviene evitar frases como «deberías estar mejor» o «tienes que animarte», que juzgan lo que siente. Si queréis implicaros más, podéis preguntarle si le parece bien que habléis con su psicóloga para recibir orientaciones, siempre con su consentimiento y respetando la confidencialidad de lo que cuenta en sesión.
Porque cada hijo llega a la familia en un momento distinto y ocupa un lugar propio. Los padres no son las mismas personas con el primer hijo que con el tercero: cambian su edad, su economía, su relación de pareja y su cansancio. Además, cada niño tiene su temperamento y despierta reacciones diferentes. Por eso es habitual que los hermanos recuerden infancias casi opuestas, y nadie tiene por qué estar mintiendo. Entenderlo ayuda a dejar de discutir sobre quién tiene la versión verdadera y reduce comparaciones y reproches entre hermanos.
Es una reacción esperable, aunque duela: cuando una persona cambia su forma de estar, todo el sistema familiar se mueve. Quien se ha acostumbrado a que estés siempre disponible puede vivir tus límites como un rechazo, y es frecuente que haya presión para que vuelvas a lo de antes. Su enfado no indica que te estés equivocando. En terapia se trabaja cómo sostener esos límites con calma, explicarlos sin justificarte en exceso y distinguir qué vínculos merece la pena cuidar, para no romper relaciones innecesariamente.
Límites claros, pocos y que estéis dispuestos a cumplir. Algunos habituales son no consumir en casa, no darle dinero que pueda acabar en el consumo, no discutir cuando está bajo los efectos y acordar de antemano qué pasará si hay una recaída. Conviene que los dos progenitores estén de acuerdo y que los límites se expliquen desde la preocupación, no desde el castigo. También es importante reconocer los esfuerzos y los intentos, aunque no salgan a la primera. Un profesional puede ayudaros a ajustar estas normas a su edad y a vuestra situación.
Sí, y es un tema que aparece a menudo. Muchos padres, con buena intención, depositan en sus hijos sueños que no pudieron cumplir: una carrera, un éxito o una forma de vida. El problema surge cuando sientes que vives para no decepcionarles y ya no sabes qué quieres tú. En terapia se trabaja distinguir tus deseos de lo que se espera de ti, sin culpas hacia nadie. A veces también se puede hablar en familia, en sesiones conjuntas, para que esas expectativas se digan en voz alta y cada uno ocupe su lugar.
No hace falta que te conviertas en psicóloga ni en policía de su plato: tu papel es seguir siendo su madre o su padre. Vigilar cada bocado suele aumentar la tensión en casa y la sensación de control, que es justo lo que alimenta el problema. Lo que ayuda es seguir las pautas concretas que os dé el equipo que la trata, preguntar en lugar de suponer y mantener momentos de relación que no giren en torno a la comida. Si tienes dudas sobre qué hacer en una situación concreta, coméntalo con sus profesionales.
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