Relaciones y familia

Estáis en la caja del supermercado. Tu hijo ha visto las chucherías, le has dicho que no y, en cuestión de segundos, está tirado en el suelo gritando mientras la gente de la cola os mira. Tú notas el calor en la cara y dudas entre dos salidas: darle la bolsa para que pare o enfadarte y castigarle sin tablet el resto de la semana. Ninguna de las dos te deja tranquila. Y a la semana siguiente, en el mismo pasillo, vuelve a pasar.
Las rabietas son una de las situaciones que más desgastan a madres y padres. No porque sean raras, sino porque se repiten y hacen sentir que no sabes manejarlas. Aquí te explicamos por qué aparecen, por qué a veces se mantienen durante meses y qué puedes hacer en lugar de ceder o castigar.
¿Por qué tienen rabietas los niños?
Una rabieta es, en el fondo, una emoción que todavía no tiene palabras. Los niños pequeños sienten frustración, rabia o cansancio con la misma intensidad que un adulto, pero aún no tienen las herramientas para calmarse solos ni para explicar lo que les pasa. La parte del cerebro que ayuda a frenar, esperar y pensar antes de actuar se va desarrollando durante toda la infancia y la adolescencia. Mientras tanto, cuando algo no sale como esperan, el cuerpo estalla.
Por eso las rabietas son esperables, sobre todo en los primeros años, y no son señal de que tu hijo sea «malo» ni de que lo estés haciendo mal. Influyen además cosas muy cotidianas: el hambre, el sueño, el exceso de estímulos o un día con demasiados cambios. Un niño cansado tiene mucho menos margen para tolerar un «no».
¿Por qué se repiten las rabietas?
Aquí está la clave que más ayuda a entenderlas. Toda conducta que se repite consigue algo. No porque el niño lo planee con frialdad, sino porque aprende de lo que pasa después.
Imagina que un día tu hijo se enrabieta porque quiere ir al parque y, para que pare, acabas yendo. La próxima vez que quiera ir, ¿qué crees que hará? Ha aprendido que ese camino funciona. Pasa lo mismo cuando la rabieta le sirve para evitar algo que no quiere (recoger los juguetes, salir de la bañera, irse a dormir) o para conseguir que los adultos dejen lo que están haciendo y le presten atención. Y todo esto suele ocurrir sin que nadie lo pretenda: simplemente, en el momento, ceder parece lo más rápido.
En psicología a esto se le llama refuerzo: lo que ocurre después de una conducta hace que sea más o menos probable que se repita. Si quieres entender bien el término, lo tienes explicado en nuestro glosario de psicología.
¿Qué pasa cuando cedemos y qué pasa cuando castigamos?
Cuando cedemos
La rabieta se acaba enseguida, y eso alivia a todos. Pero el niño aprende que gritar más fuerte o durante más tiempo funciona. Además, si unas veces cedes y otras no, el aprendizaje es todavía más sólido: es como una máquina tragaperras, que no siempre da premio pero engancha precisamente porque a veces sí lo da. El niño insistirá más, porque sabe que en algún momento puede tocarle.
Cuando castigamos
Castigar puede parar la rabieta en ese momento, pero no le enseña qué hacer la próxima vez que se sienta así. Si además va acompañado de gritos, reproches o sarcasmo, el niño se pone a la defensiva y aparece la culpa o la sensación de no ser válido. Lo hablamos con más detalle en límites y castigos con niños y adolescentes: el castigo detiene, pero no enseña.
Ninguna de las dos respuestas te convierte en mal padre o mala madre. Son reacciones muy humanas cuando estás agotado. La buena noticia es que hay un camino intermedio.
¿Qué hacer durante una rabieta?
En plena tormenta, el niño no puede razonar. Así que el objetivo no es convencerle, sino atravesar el momento sin que la rabieta le dé lo que buscaba y sin que el vínculo se resienta.
Mantén la calma tanto como puedas. Tu tono de voz y tu cuerpo le ayudan a regularse. Si necesitas respirar antes de hablar, hazlo.
Pon nombre a lo que siente: «Estás muy enfadado porque querías las chuches. Lo entiendo». Validar la emoción no es darle la razón.
Mantén el límite: «Lo entiendo, y la respuesta sigue siendo no». Pocas palabras y sin discutir.
Quédate cerca, sin sermones. Algunos niños necesitan un abrazo y otros un poco de espacio; tú le conoces mejor que nadie.
Garantiza la seguridad. Si se puede hacer daño o hacer daño a otros, intervén para protegerle, aunque mantengas el «no».
Ten en cuenta que, cuando dejas de ceder, es habitual que las rabietas empeoren durante un tiempo antes de mejorar. El niño prueba si gritando más consigue lo de siempre. Si aguantáis con calma y coherencia, esa subida suele ser pasajera.
¿Cómo prevenir las rabietas y enseñarle otra forma de pedir?
Quitar la rabieta no basta: si solo le decimos lo que no debe hacer, le dejamos sin recursos. Lo que de verdad cambia las cosas es enseñarle alternativas, en plural, que también le sirvan para conseguir lo que necesita. Y luego asegurarnos de que es capaz de ponerlas en práctica y reconocerlo cuando lo hace.
Enséñale a pedir de otra manera: «Si me lo pides con calma, lo pensamos». Y cuando lo haga, que note la diferencia, aunque la respuesta no siempre sea sí.
Fíjate en lo que hace bien. Un comentario positivo cuando espera su turno o acepta un «no» sin explotar tiene mucho más efecto del que parece. Lo que se refuerza, crece.
Anticipa. Avisarle de los cambios («en cinco minutos nos vamos del parque») y evitar situaciones difíciles cuando está muy cansado o con hambre reduce muchas rabietas.
Ofrécele pequeñas elecciones: el pijama azul o el verde, el cuento antes o después de lavarse los dientes. Sentir algo de control ayuda a tolerar lo que no se elige.
Hablad después. Cuando todo ha pasado y está tranquilo, podéis recordar lo que ocurrió y pensar juntos qué podría hacer la próxima vez.
¿Cómo ayudarle a tolerar la frustración?
Las rabietas también son una oportunidad para entrenar algo que necesitará toda la vida: aguantar que las cosas no salgan como quiere. Esto se aprende poco a poco, con frustraciones pequeñas y acompañadas, no evitándole todas. Algunas ideas:
Darle responsabilidades adecuadas a su edad y dejar que lo intente aunque tarde más o le salga regular.
No castigar los errores, sino revisarlos juntos y buscar otra forma de hacerlo.
Reconocer el esfuerzo, no solo el resultado.
Darle ejemplo: cómo reaccionas tú cuando algo te sale mal es una de sus mejores lecciones.
¿Por qué es tan importante que los adultos vayan a una?
Si la madre dice que no y el padre acaba diciendo que sí, o si en casa hay unas normas y en casa de los abuelos otras muy distintas, el niño aprende que insistir con quien cede funciona. No hace falta que todos los adultos sean idénticos, pero sí que estén de acuerdo en lo básico y no se desautoricen delante del niño. Cuando hay mucha diferencia de criterio o la tensión entre los adultos es grande, la terapia familiar puede ayudar a encontrar un terreno común.
¿Cuándo consultar con un psicólogo por las rabietas?
La mayoría de rabietas forman parte del desarrollo normal y disminuyen con el tiempo. Conviene pedir orientación si:
Son muy frecuentes, muy largas o muy intensas para su edad.
Se hace daño, rompe cosas o agrede a otros con frecuencia.
Siguen siendo habituales cuando ya es más mayor, o han aparecido de repente después de un cambio importante.
Están afectando a la vida familiar, al colegio o a su relación con otros niños.
Sientes que ya lo has probado todo y estás desbordado.
Pedir ayuda no significa que hayas fracasado. En terapia infantil trabajamos con el niño y, sobre todo, con vosotros, para entender qué mantiene las rabietas y qué pautas encajan en vuestra casa. Si quieres contarnos tu caso, escríbenos.
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Revisado por el equipo clínico de Leizea
Psicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789 · Última revisión: octubre de 2026



