Relaciones y familia

Autolesiones en la adolescencia: señales y cómo hablar con tu hijo

Autolesiones en la adolescencia: señales y cómo hablar con tu hijo

Autolesiones en la adolescencia: señales y cómo hablar con tu hijo

Por qué algunos adolescentes se hacen daño, por qué a veces lo cuentan como si no importara, cómo hablarlo sin minimizar ni dramatizar y cuándo pedir ayuda urgente.

Por qué algunos adolescentes se hacen daño, por qué a veces lo cuentan como si no importara, cómo hablarlo sin minimizar ni dramatizar y cuándo pedir ayuda urgente.

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Descubrir que tu hijo o tu hija se hace daño a propósito es una de las experiencias más duras por las que puede pasar una familia. Unos cortes en el antebrazo que siempre tapa con mangas largas, quemaduras pequeñas, golpes que no encajan con ninguna explicación. Lo normal es sentir a la vez miedo, culpa, enfado y una enorme confusión: ¿cómo no me di cuenta?, ¿qué he hecho mal?, ¿qué le digo ahora?

En este artículo te explicamos qué suele haber detrás de las autolesiones en la adolescencia, por qué a veces tu hijo lo cuenta con una calma que desconcierta y cómo abordar la conversación. No sustituye a una valoración profesional, pero puede ayudarte a dar los primeros pasos con más serenidad.

Si hay riesgo inmediato (heridas graves, ideas de quitarse la vida, una despedida, una sobredosis), no esperes: llama al 112. Si tú o tu hijo necesitáis hablar con alguien sobre ideas de suicidio, la línea 024 atiende gratis, todos los días y a cualquier hora.

¿Qué son las autolesiones y por qué un adolescente se hace daño?

Hablamos de autolesiones cuando una persona se causa daño físico de forma deliberada: cortes, rasguños profundos, quemaduras, golpes contra la pared o pellizcos que dejan marca. En la mayoría de los casos no buscan acabar con la vida, sino otra cosa: aliviar durante un rato una tensión emocional que no saben manejar.

Muchos adolescentes lo describen así: sienten una mezcla insoportable de rabia, tristeza, vacío o vergüenza, y el dolor físico consigue que, por unos minutos, todo eso se apague o se vuelva más concreto. El problema es que el alivio dura poco, a menudo viene seguido de culpa y, con el tiempo, el cuerpo pide repetir.

Algunas cosas que conviene saber:

  • No es una moda ni una forma de "llamar la atención" en el sentido despectivo. Si un chico o una chica necesita hacerse daño para expresar algo, ese algo merece atención.

  • Suele estar relacionado con dificultades para regular las emociones, conflictos con amistades o en casa, acoso, autoexigencia, problemas de autoestima o experiencias dolorosas.

  • Aunque la intención no sea suicida, las autolesiones son una señal de sufrimiento importante y un factor de riesgo que hay que tomarse en serio.

¿Qué señales pueden hacerte sospechar?

Muchos adolescentes ocultan las heridas durante meses. Estas pistas no confirman nada por sí solas, pero si se juntan varias, vale la pena preguntar:

  • Ropa de manga larga o pantalones largos incluso con calor, y rechazo a ir a la piscina o a cambiarse delante de otros.

  • Heridas, cicatrices o moratones con explicaciones vagas o que cambian.

  • Objetos cortantes guardados en lugares raros, tiritas o vendas que desaparecen.

  • Pasar mucho tiempo encerrado en el baño o en la habitación tras una discusión o un mal día.

  • Cambios de humor marcados, aislamiento, bajada del rendimiento escolar o abandono de lo que antes le gustaba.

¿Por qué lo cuenta como si no tuviera importancia?

Es una de las situaciones que más desconciertan a los padres. Encuentras las marcas, preguntas angustiado y tu hijo te responde encogiéndose de hombros, quitándole hierro o incluso con una sonrisa: "no es para tanto", "ya está, no pasa nada", "lo hace todo el mundo".

Esa aparente indiferencia no significa que no le importe. A menudo ocurre algo así: la parte que está asustada y preocupada queda fuera, en los adultos que tiene alrededor, y el adolescente se queda solo con la parte que lo vive como algo menor. Tú cargas con toda la angustia y él, en apariencia, con ninguna. Es una forma de protegerse de un malestar que le desborda.

Entenderlo ayuda a no caer en dos trampas muy comunes:

  • Contagiarte de su tono y acabar pensando que, si él está tan tranquilo, quizá no sea grave.

  • Responder con alarma desbordada, gritos o castigos, lo que suele cerrar la puerta a que vuelva a contártelo.

La actitud que más ayuda está en medio: seria, tranquila y adulta. Algo como "Veo que tú lo cuentas como algo pequeño, pero a mí me importa mucho y no lo vamos a dejar pasar" transmite que lo tomas en serio sin convertirlo en un drama.

¿Qué conviene tener presente como familia?

No existe una guía perfecta, pero estas ocho ideas suelen ayudar a madres y padres a mirar la situación con algo más de calma:

  • Descubrirlo no significa que lo hayas hecho mal. Las autolesiones tienen muchas causas; buscar culpables, empezando por ti, no ayuda a nadie.

  • Mira más allá de la herida. La pregunta importante no es tanto qué se ha hecho, sino qué estaba sintiendo para necesitar hacerlo.

  • Tu reacción importa. Es normal asustarte, pero el susto, el juicio o la amenaza suelen aumentar el aislamiento. Tu hijo probablemente también tiene miedo.

  • Escucha antes de solucionar. Necesita sentirse comprendido antes de sentirse ayudado.

  • Intenta entenderla antes de querer eliminarla. La autolesión suele cumplir una función, casi siempre calmar algo que desborda.

  • Cuenta con la vergüenza. Muchos adolescentes ya se sienten culpables; no necesitan más culpa, sino un lugar seguro.

  • Que pare no siempre significa que esté bien. Lo explicamos más abajo.

  • No tenéis que hacerlo solos. Pedir ayuda no es reconocer un fracaso, y también vosotros podéis necesitar apoyo.

¿Cómo hablar con tu hijo de las autolesiones?

No hay una frase mágica, pero sí algunas pautas que suelen facilitar la conversación:

  • Elige un momento tranquilo, sin prisas y en privado. Mejor no en mitad de una discusión ni justo al descubrir las heridas, si puedes darte unos minutos para calmarte.

  • Pregunta con curiosidad, no con interrogatorio: "¿Qué estaba pasando cuando lo hiciste?", "¿Qué sientes justo antes?", "¿Te ayuda en algo?".

  • Escucha más de lo que hablas. No hace falta tener respuestas; sí hace falta que sienta que puede decirte cosas difíciles sin que te derrumbes.

  • Evita las amenazas y los ultimátums ("si lo vuelves a hacer, te quedas sin móvil"). Suelen empujar a esconderlo mejor.

  • No le pidas que prometa que no volverá a pasar como condición para estar tranquilo. Es probable que no pueda cumplirlo todavía y que la promesa rota añada culpa.

  • Pregunta directamente por las ideas de suicidio si te preocupa. Hablar de ello no mete la idea en la cabeza; al contrario, abre una vía para pedir ayuda.

  • Cuida las heridas con naturalidad y, si son profundas o no cicatrizan, acude a su médico o a urgencias.

Frases que conviene evitar (y qué decir en su lugar)

Casi siempre nacen del miedo y del cariño, pero pueden aumentar la culpa o la sensación de no ser comprendido:

  • «¿Pero por qué haces esto?», dicho como reproche.

  • «¿No ves el daño que nos estás haciendo?»

  • «Como sigas así, te van a tener que ingresar.»

  • «Eso lo haces para llamar la atención.»

  • «Con lo que tienes, no deberías sentirte así.»

En su lugar, funcionan mejor frases sencillas como «gracias por contármelo», «quiero entender qué te está pasando» o «no tienes que pasar por esto sin nosotros: vamos a buscar ayuda». Si te cuesta encontrar el tono para hablar con tu hijo en general, puede ayudarte leer cómo hablar con él sin que parezca un interrogatorio.

¿Cuándo hay que pedir ayuda urgente?

Busca ayuda inmediata llamando al 112 o acudiendo a urgencias si:

  • Las heridas son profundas, sangran mucho o hay riesgo de infección.

  • Tu hijo habla de morir, de no querer estar aquí o se despide de personas o regala sus cosas.

  • Ha tomado medicamentos u otras sustancias en cantidad.

  • Notas que ha perdido el control y no puedes garantizar su seguridad.

Para hablar sobre conducta suicida, el 024 ofrece atención gratuita, confidencial y disponible a todas horas, tanto para la persona que lo está pasando mal como para sus familiares.

¿Qué papel tiene la terapia y qué podéis hacer como padres?

Fuera de la urgencia, lo recomendable es pedir una valoración con una psicóloga con experiencia en adolescentes. En la terapia con adolescentes se trabaja para entender qué función cumple la autolesión, qué emociones la disparan y qué otras formas puede aprender tu hijo para atravesarlas sin hacerse daño. También se acuerdan pasos concretos de seguridad, porque mientras se entiende el porqué, protegerse sigue siendo lo primero.

Es frecuente que al principio la terapia vaya despacio: muchos chicos se muestran amables y colaboradores en consulta y la rabia o la tristeza tardan en aparecer. Eso forma parte del proceso, y una buena profesional sabe esperar sin dejar de tomarse el tema en serio.

Si deja de hacerse daño, ¿ya está todo bien?

Es una gran noticia, y conviene reconocerla. Pero puede ocurrir que las heridas dejen de aparecer mientras el malestar sigue dentro. Puede dejar de cortarse porque ha encontrado otras formas de calmarse más sanas, y eso es un avance real. O puede que lo haya dejado porque sabe que estáis pendientes, mientras el malestar sigue ahí y busca otras salidas: exigirse muchísimo, dejar de comer, aislarse o arriesgarse sin medida.

Por eso no conviene que el único objetivo sea que pare, ni retirar el apoyo terapéutico en cuanto las heridas cicatrizan. Fíjate también en cómo está: si duerme, si habla, si vuelve a disfrutar de algo. Y si hay una recaída, no significa que todo lo trabajado se haya perdido; es una señal de que todavía hace falta acompañamiento. En la terapia se acuerda qué información compartimos con la familia para que podáis estar atentos sin romper su confianza; te lo contamos en confidencialidad en la terapia de adolescentes. Ante cualquier señal de riesgo, recuerda: 112 para emergencias y 024 para hablar sobre ideas de suicidio, a cualquier hora.

Vuestra implicación como familia marca la diferencia. Puede ser útil:

  • Pactar con la psicóloga qué información se comparte con vosotros y cómo, respetando la intimidad de tu hijo pero sin secretos sobre su seguridad.

  • Revisar en casa los momentos de más tensión y cómo se gestionan los conflictos.

  • Retirar o guardar objetos peligrosos y medicamentos, sin convertirlo en un castigo.

  • Pedir apoyo para vosotros, por ejemplo con sesiones de terapia familiar. Sostener esta situación agota, y los padres también necesitáis un espacio.

Si estás pasando por esto, no tienes que tener todas las respuestas hoy. En Leizea trabajamos con adolescentes y familias, en Bilbao y online, y podemos ayudarte a ver por dónde empezar. Si te sirve, escríbenos y lo hablamos con calma, sin compromiso. Y recuerda: ante cualquier riesgo inmediato, 112; para hablar sobre ideas de suicidio, 024.

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Revisado por el equipo clínico de Leizea

Psicólogas sanitarias colegiadas · Centro sanitario n.º 48/095789 · Última revisión: octubre de 2026

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